La guerra contra el empresario o el camino hacia la servidumbre

“Un fuerte impuesto progresivo” *

El pasado mes de junio, los líderes de las siete potencias de mayor peso económico y político, el G-7 o Grupo de los Siete, llegaron a un acuerdo para presionar a otros países en su intento de implantar un impuesto de al menos un 15% a las grandes compañías tecnológicas como Amazon o Facebook que, a día de hoy, estarían utilizando su posición privilegiada y la novedad de las plataformas digitales para pagar menos impuestos.

Los gobiernos del G-7 afirman que las tácticas de estas empresas suponen grandes pérdidas económicas para ellos, por lo que, en palabras de la nueva Secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, Janet Yellen, es necesario “garantizar la equidad para la clase media y los trabajadores en los EE.UU. [y] en todo el mundo” con la creación de un impuesto mínimo corporativo global.

No obstante, no sólo es totalmente falso que estos y otros países estén experimentando terribles pérdidas debido a las acciones desalmadas de las grandes compañías de Internet (de hecho, según sus propios datos estadísticos, ocurre todo lo contrario), sino que es un acto de auténtica hipocresía y vileza moral afirmar, como hace la Sra. Janet Yellen, que esto tenga como finalidad garantizar la equidad de la “clase media” y de los trabajadores.

A estas medidas pantagruélicas se suma ahora el nuevo Impuesto sobre el Comercio Electrónico (VOEC en sus siglas inglesas), que afecta desde principios de julio a todos aquellos que deseen vender sus productos por Internet en la Unión Europea. Esta nueva ley huele a pataleta infantil propia de gobiernos cuya puerilidad es directamente proporcional a su tamaño y busca, ante todo, afectar a los pequeños comerciantes y autónomos del Reino Unido tras la humillación que con el Brexit ha sufrido la Unión Europea. Sin embargo, las consecuencias de la misma resuenan en toda Europa y en países en los que, con la entrada de esta nueva ley, comerciantes chinos o americanos deberán afrontar subidas de hasta un 40% más en impuestos a sus productos.

Que estas medidas van a precipitar a la así llamada “clase media” y a los trabajadores a un abismo todavía mayor de impuestos, desempleo y pobreza es algo que debería resultar evidente de no ser por la enorme campaña de propaganda contra el empresario en general y contra las grandes plataformas de venta digitales que se está llevando a cabo en toda la Unión Europea. ¿Acaso ignora la Sra. Janet Yellen, así como la ahora presidente de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, los presidentes europeos y sus economistas keynesianos a sueldo público, que ninguna gran empresa va a asumir ese 15% ó 40% de impuestos? ¿Acaso desconocen que esos impuestos van a tener que ser pagados, en primer lugar, por las pymes y autónomos que venden a través de esas plataformas, es decir, por los “trabajadores” cuya equidad la Sra. Janet Yellen quiere garantizar? ¿Olvidan que, cuando a estas pymes y autónomos les resulte demasiado caro vender sus productos, tendrán que cerrar, dejar de vender en la Unión Europea o subir los precios para que sea la “clase media”, cada vez más empobrecida, la que cargue con la subida de impuestos? O tal vez sea necesario expresarlo en términos más concretos y acusadores: nuestros gobernantes y economistas saben perfectamente que ningún empresario o compañía va a cargar con sus nuevas medidas tributarias y saben perfectamente que será la “clase media” la que pagará por ellas. El impuesto a las grandes compañías tecnológicas no es más que un ataque a la propiedad privada de la “clase media”.

“El porvenir del mundo se decide con la propaganda”

Idiotizados gracias a la presencia de ideólogos en posiciones clave de la vida social –en programas de “contenidos” en la televisión pública, en institutos y universidades o en organismos jurídicos– una gran parte de los ciudadanos de la Unión Europea apoya con supina ignorancia y amargo resentimiento todo ataque sobre la propiedad privada de aquellos que concibe como más exitosos y competentes que ellos mismos. Una auténtica filosofía del fracasado con la que Marx se autorretrató maravillosamente en su Manifiesto comunista, con disposiciones tan actuales como la “supresión del derecho de herencia” o la “expropiación de la propiedad”.

Es así como una gran parte de la población se encuentra a día de hoy convencida de que la venta de libros por Internet en plataformas como Amazon o Barnes & Noble (que ya no realiza envíos a ningún país de la Unión Europea) conlleva un daño irreparable a las pequeñas librerías de nuestro país. La realidad es que plataformas como Amazon cuentan con una infraestructura lo suficientemente grande como para almacenar grandes volúmenes de libros y otros productos antes de distribuirlos por el resto de Europa, reduciendo así considerablemente los gastos de envío y permitiendo descuentos ocasionales de hasta un 40%. Las pequeñas librerías tienen todo el derecho del mundo a sentirse molestas, pero no deberían olvidar que, si ellas no pueden competir con estas grandes empresas, esto no se debe ni al monopolio de éstas ni a la maldad de sus empresarios y jefes ejecutivos, sino a las restricciones impuestas por nuestros propios gobiernos. El enemigo del pequeño empresario es el Estado y cuando fracasa al reconocer esta gran verdad no hace sino alimentar al gran Leviatán del cual surge su envidia y resentimiento hacia aquellos que, de una forma u otra, son más afortunados que ellos.

Sin olvidar a aquellos pequeños autores que, sin enchufe corporativo en grandes editoriales subvencionadas por el Estado ni medios para autopromocionarse o distribuir sus creaciones, pueden ahora vender sus ideas de forma libre, barata y accesible a cualquiera que desea hacerse partícipe de ellas. Porque no lo olvidemos: nuestra libertad de expresión, de poner por escrito o expresar verbalmente nuestras ideas, es la exteriorización más básica del derecho de propiedad: del derecho a nuestras propias ideas y a hacer con ellas aquello que deseemos.

Es un hecho de sobras conocido por todos aquellos cuyo proyecto vital requiere transcender las fronteras del provincialismo creado por el terruño catalanista o por el nacionalismo español (el de un Sánchez que afirma que España es la “primera” en lo que sea que esté de moda esa semana en la Moncloa) que son estas plataformas digitales las que permiten acceder no sólo a productos, sino también a una educación e información que, de otra forma, sería imposible o extremadamente caro adquirir desde nuestro país. Nos referimos, qué duda cabe, a las ya olvidadas restricciones sobre los periódicos de otros países, especialmente estadounidenses, que sufrimos en la Unión Europea. El así denominado Reglamento General de Protección de Datos no es más que una excusa para que los ciudadanos europeos sólo puedan leer los medios de comunicación ratificados por la Unión Europea, esto es, por Alemania, ese país que pasó de quemar libros y gasear judíos a ocultar violaciones y censurar el cine, la televisión e internet.

¿Y qué hay de los innumerables puestos de trabajo que tanto directa como indirectamente (pymes y autónomos) crean estas compañías de comercio electrónico? No nos referimos a los miles de trabajadores, oficinistas, recepcionistas, vigilantes de seguridad, arquitectos, paletas, mujeres de la limpieza, etc. que han pasado de trabajar en una pequeña compañía de sueldo casi-mileurista a una gran multinacional que les permitirá incrementar su poder adquisitivo e independizarse –física pero también intelectualmente– de su condición social, sino de todas aquellas pequeñas empresas que, subcontratadas para el desarrollo de diversas tecnologías y plataformas, harán exactamente lo mismo con sus trabajadores. Un interesante ejemplo lo encontramos en el sistema de Inteligencia Artificial desarrollado por Amazon, Alexa, en cooperación con Lausanne Solutions, empresa que emplea telemáticamente a cientos de personas en países pobres ofreciéndoles un salario que en un país como España se podría considerar más que competitivo. ¿Cuántos puestos de trabajo ha creado la Sra. Janet Yellen o cualquier presidente europeo, más allá del enchufe consuetudinario de sus amigos de infancia? ¿A cuántas personas viviendo en situación de pobreza extrema han ayudado a llegar a fin de mes, en especial desde que entraron en vigor todas las restricciones de movilidad que han dejado a tantos trabajadores en la calle? O más bien cabría preguntarse, ¿cuántos puestos de trabajo ha destruido el gobierno con sus nuevas regulaciones, subidas de impuestos, imposiciones ideológicas y confinamientos ilegales?

Las medidas del G-7 y de la Unión Europea no tienen como misión garantizar la libertad, bienestar y equidad de la “clase media”, sino acabar con ella y con los medios que ésta podría tener a su disposición para salir a flote, tanto económicos, como educativos o informativos.

“Una acción despótica sobre la propiedad”

El resultado último de estas medidas será el empobrecimiento absoluto de lo que las élites gubernamentales denominan con lenguaje victoriano “clase media”, así como la necesaria redistribución económica de la propiedad y del dinero (o de su futuro sustituto). En otras palabras, se tendrá que llevar a cabo ese “gran reinicio” al capitalismo cuya formulación ha coincidido sospechosamente con una supuesta pandemia de origen chino, esto es, comunista.

Nos encontramos ya en un mundo en el que llevar a cabo un proyecto vital se topa con incesantes obstáculos políticamente motivados: pruebas PCR o vacunación para salir o entrar a un país, políticas kafkianas para la creación de negocios, impuestos y restricciones sobre la libre circulación de cultura e información y una cultura de la “cancelación” ante ideas opuestas a lo políticamente correcto. A su vez, aquellos países que otrora comenzaran a abrirse al mundo y democratizarse, amenazan ahora con convertirse en dictaduras tan terribles como la Alemania nazi o la Rusia estalinista (Irán, Afganistán, China), y todo ello con el beneplácito silencioso (el que calla otorga) de una izquierda incoherente e hipócrita y un Occidente demasiado preocupado por su inexistente racismo, machismo y homofobia.

Imagínense un mundo en el que tengamos que justificar limosna ante un señor que viaja en jet privado cuando queramos tomarnos unas vacaciones. Imagínese un mundo en el que la investigación académica y periodística dependa de la mendicidad a un señor que ha plagiado su tesis doctoral. Imagínese, en definitiva, un mundo en el que todas sus acciones dependan de la subvención pública. He aquí el “gran descubrimiento” detrás del “gran reinicio”: si el comunismo nos ponía la pistola en la sien, el socialismo está creando las condiciones necesarias para que deseemos hacerlo nosotros mismos.

* Los encabezamientos corresponden a preceptos comunistas ortodoxos extraídos del Manifiesto comunista de Karl Marx.


Una respuesta a “La guerra contra el empresario o el camino hacia la servidumbre

  1. Saludos, es excelente y de acuerdo en tu planteamiento. En Puerto Rico, vamos a sufrir por estas tarifas del 15% y peor, nosotros quebrados con una Junta de Supervision Fiscal. Esta JSF, vino hacer ajustes, en cuanto a las pensiones, universidad del estado y o corporaciones publicas. No obstante, el gobierno no sabe crear un presupuesto de acuerdo a las entradas y nos llevó a la bancarrota estatal fue tomar prestado, prometer a los jubilados lo artificioso de dinero para ellos, en cuanto no había obreros para poder tener dinero en retiro, sino el gobierno lo usaba indiscriminadamente. El panorama, no pinta nada de bien aquí y si entra ese 15%, será desastrozo para el país. Gracias por tu entrada.

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