De incendios heraclíteos e inundaciones talesianas

Deconstruyendo las interminables predicciones de una prensa apocalíptica

“Hay que preservar el mal igual que hay que preservar el bosque. Es cierto que aclarando y talando el bosque la tierra se ha calentado”

Friedrich Nietzsche, Fragmentos póstumos, 5[1], 38, año 1882.

El repugnante espectáculo de idiotización institucionalizada del alumnado español por parte de una siniestra izquierda entregada al pillaje, la manipulación y el estupro y a la que sólo parece interesarle la hipersexualización paidófila de los niños, no parece conocer límites. A los ya conocidos casos de prostitución de menores tuteladas en Mallorca y la Penínsulaalgo más que habitual en cualquier ONG afincada en países subdesarrollados– y promoción entre estudiantes menores de edad de ideología de género y de transexualidad, debemos ahora añadir la nueva “perspectiva de género” con enfoque “socioemocional” con la que el gobierno pretende higienizar la disciplina pitagórica –hombre, blanco, occidental y heterosexual– de las Matemáticas en Primaria.

La ciencia empírica es, a pesar de sus carencias temporales y sus posibles limitaciones antropológicas, uno de los pocos cimientos de nuestra concepción de la realidad que ha soportado hasta ahora el asalto de las ideologías de género y otras siniestralidades encauzadas al enriquecimiento progresivo de las élites gubernamentales a través de nuestros impuestos. Pero tras el derrocamiento del edificio metafísico de Occidente, de la religión, de las concepciones clásicas de virtud –del latín vir, varón– y moralidad –ésta a su vez del latín mores, es decir, las costumbres propias de una comunidad– o de la historia como descripción factual de hechos, le llega por fin el turno a la ciencia, y biología y matemáticas sufren hoy por igual la ira de ese neo-victorianismo más conocido como marxismo cultural.

Si este asalto lacaniano a la realidad ha sido posible, ha sido gracias a un largo proceso en el que la máxima víctima ha sido la tan amenazada asignatura de Filosofía en Secundaria, por lo demás absolutamente falsificada y prostituida en el ámbito universitario. Esto no dejaba de ser previsible, en especial ante la incapacidad evidente del docente bilbenyiano medio por producir un discurso filosóficamente relevante con el que defender la educación filosófica tradicional. La importancia del pensar, y no sólo de pensar sino de pensar bien, esto es, filosóficamente, contrastando datos y con espíritu crítico, puede observarse en una de las grandes “sierpes” de este verano: los incendios e inundaciones apocalípticos causados por el cambio climático en Asia, América y Europa.

En primer lugar, es necesario afirmar de una vez por todas el cariz supersticioso así como fuertemente teológico que se esconde detrás de esta obsesión compulsiva por el cambio climático. En efecto, la creencia de que el mundo es una suerte de paradisíaco y benevolente museo utópico cuyas especies, geología y clima nunca cambian no es más que el residuo victoriano del judeocristianismo, una religión oriental que concebía el mundo como el regalo inactivo, creado y dado como tal, de una divinidad al hombre. Lo mismo puede decirse de la presunción de que cualquier cambio en ese mundo –erupciones volcánicas, lluvias torrenciales, terremotos, tsunamis– se debe a la acción antropogénica del ser humano, es decir, la única criatura a la que Dios dio el poder de dominar la Tierra. Nuestro planeta es una bomba geológica cuya inactividad temporal –un mero segundo en su larga existencia– ha posibilitado ese accidente llamado vida y civilización.

Comencemos, pues, por Asia. China, cuyo régimen de emisiones es inversamente proporcional a las regulaciones y penalizaciones impuestas por los preocupados gobiernos de Occidente, es la mayor contribuidora al cambio climático. Las recientes inundaciones que asolaron Zhengzhou, en la provincia de Henan, en julio de este año –640 mm en tres días– fueron calificadas por la prensa internacional apocalíptica como las peores en 1000 años, lo cual significa, en términos históricos, las peores desde la Dinastía Song (s. XII). Uno no puede sino preguntarse si los meteorólogos chinos estaban miles de años adelantados al resto del mundo para tener registros de este tipo desde épocas tan distantes. Pero lo cierto es que no es necesario remontarse miles de años, pues se han producido numerosas inundaciones sumamente peores en la historia reciente de China: en agosto de 1975 la caída de 1600 mm de lluvia en la misma provincia de Henan en un solo día causó el colapso simultáneo de 62 presas, construidas con ayuda de la Unión Soviética.  Así mismo, las increíblemente recientes lluvias del pasado junio en Taiwán, proclamada provincia China por el gobierno comunista del continente, son un ejemplo de un fenómeno recurrente que registra habitualmente más de 1000 mm de lluvia al día durante los monzones. Las catastróficas consecuencias de las lluvias vividas por China ante unos meros 640 mm, frente a la casi doble habitualidad pluvial taiwanesa, son el resultado unívoco de la mano del hombre, no del cambio climático: una desastrosa gestión de recursos e infraestructuras propia de cualquier régimen comunista y herencia de la inutilidad soviética responsable de Chernóbil, un crecimiento descontrolado y artificial de las ciudades, una conversión desenfrenada de tierras de labranza en zonas residenciales y la continua destrucción de las desembocaduras naturales y estuarios para la construcción de viviendas.

Mientras en Asia las efusiones talesianas anegan apocalípticamente el Imperio del Medio, en Occidente es Heráclito adalid y portador de la llama de la sinrazón, esto es, de la carencia de logos en nuestra producción intelectual. Examinemos así las diferentes olas de calor y sus respectivos incendios en California, Grecia y, finalmente, Cataluña.

Los bosques de California arden anualmente desde hace más de 20 años. Dejando de lado las acciones de cierto profesor de justicia criminal que se dedicaba a prender de nuevo los fuegos ya apagados por las autoridades, la causa principal de estos incendios no es la acción del hombre, sino, antes bien, su inacción. En efecto, desde hace más de dos décadas el aumento incesante de las regulaciones gubernamentales sobre la industria de la madera en California ha tenido como resultado que aquellas personas que se ganaban la vida talando y plantando árboles, incapaces de hacer frente a la carga tributaria y de competir con grandes exportadores como Canadá o China, buscasen otros tipos de trabajo. Al no disponer de trabajadores que limpiasen matorrales y podaran los árboles, la cantidad de combustible vegetal de los bosques californianos aumentó anormalmente. Durante unos años el gobierno se ocupó de solventar el problema, adquiriendo cerca del 60% de las tierras forestales californianas, pero al nacionalizar el bosque y situarlo fuera del mercado, su valor económico acabó por desplomarse, no resultando ya rentable reducir el combustible vegetal que de forma natural se acumulaba. La ignorancia económica y la intrusión gubernamental, siempre tan prolífica a arruinarlo todo a través de la subvención compulsiva, son las responsables de los fuegos californianos. No el cambio climático. Comparativamente, China emitió cerca de 14 mil millones de toneladas métricas de dióxido de carbono a la atmósfera durante 2019, es decir, un 27% del total, lo que supone tres veces más que el año anterior. En comparación, el estado de California emitió cerca de 356 millones de toneladas, esto es, una reducción del 24% con respecto a años anteriores.

¿Y Europa? Los veintisiete países miembros de la consorte de Zeus emitieron un 6,4% del total, es decir, prácticamente lo mismo que la India y cuatro veces menos que China. De hecho, las emisiones chinas equivalen a las de los 30 mayores emisores de dióxido de carbono combinados: Estados Unidos, India, la Unión Europea e Indonesia. Si los gobiernos occidentales estuviesen verdaderamente interesados en frenar el cambio climático –más aún, si los gobiernos e ideólogos occidentales realmente creyesen que hay un cambio climático– sus dedos señalarían a China y a la India, antes que a nuestros bolsillos occidentales –los únicos, de hecho, a través de los cuales pueden lucrarse exponencialmente.

Por lo que respecta a la Hélade, esta apocalíptica “ola de calor” de 2021 se ha cobrado dos víctimas mortales, además de provocar cerca de 140 incendios y consumir 115 mil hectáreas de bosques. Ni de lejos la peor “ola de calor” que ha vivido Grecia en los últimos años: en 1987 las altas temperaturas mataron a nada menos que 1300 personas. Más recientemente, en 2007, fallecieron 84 personas y se quemaron 270 mil hectáreas de bosques, mientras que en 2018 más de 4000 edificios ardieron en el Ática, matando a 102 personas e hiriendo a 172. En todos estos casos el responsable directo fue el hombre, no el cambio climático. Hasta el momento, tres personas han sido encarceladas y 118 arrestadas por haber provocado fuegos en Atenas, Kalamata y la región central de Grecia, entre otros lugares, y se está investigando la posibilidad de una “actividad criminal organizada y deliberada”. Una situación semejante a la vivida en Turquía, en donde las autoridades no sólo creen que los incendios han sido causados intencionalmente o como consecuencia de la quema incontrolada de rastrojos, sino que incluso se ha acusado a la organización comunista, Partido de los Trabajadores del Kurdistán (o PKK en sus siglas kurdas), de haber iniciado los fuegos como táctica de terror. El PKK amenazó a Turquía con incendiar ciudades y bosques, si bien hasta el momento no ha asumido ninguna responsabilidad al respecto.

En Cataluña, como suele suceder en toda España, la situación alcanza niveles todavía más rocambolescos. De sobras son conocidos los apocalípticos mapas escarlatas que inundan nuestras televisiones desde hace dos años, en los que se otorga a los colores verde y amarillo una cuarta parte del rango de temperaturas que corresponde a los tonos rojos. Ahora el gobierno de la Generalidad ha prohibido el senderismo por numerosas áreas de montaña, si bien no está claro cómo esta medida va a servir para controlar incendios que, según el mismo gobierno, son resultado del inexorable y casi irreversible cambio climático (este “casi” intemporal que se viene manteniendo desde el documental de ciencia-ficción de Al Gore es muy importante, pues justifica el sablazo tributario). Para más inri, en diversas localidades catalanas el pago de cinco euros frena el avance del cambio climático si usted decide aproximarse a la montaña en un vehículo motorizado. La cuestión que debería estar en la mente de todos los ciudadanos, a los cuales estas medidas afectan o afectarán en un momento u otro, es la siguiente: si los incendios son el resultado del cambio climático y no de la acción humana directa, es decir, si no son provocados, entonces ni las restricciones de acceso ni las regulaciones económicas ayudarán a reducirlos. En cambio, si estas medidas sirven para algo más que para controlar nuestra movilidad, restringir el ocio de los ciudadanos o reducir nuestra capacidad adquisitiva con el incremento y creación de nuevos impuestos, entonces se está reconociendo un origen directamente humano y el cambio climático no es el responsable de estos incendios. Cuando se intenta salvar a Jesucristo y a Barrabás los crucificados somos nosotros.

Si bien es cierto que los incendios en Cataluña se han incrementado en los últimos años, esto no se debe en modo alguno al cambio climático, sino a la negligencia del gobierno regional a la hora de gestionar la poda de matorrales y hierbas en las zonas de montaña, algo semejante al caso californiano. Cualquiera que pasee por la Collserola en estas fechas se habrá percatado de que, ya desde hace varios años, el Departamento de “Medi Ambient” realiza una poda íntegra, en lugar de estacional, de los matorrales de las zonas de montaña, cortando absolutamente toda la vegetación verde y dejando a ras del suelo hierbas y ramas muertas que, al no ser recogidas, se secarán convirtiéndose en posibles focos de incendio. La ineptitud gubernamental se hace evidente en una de las zonas más castigadas de la Collserola barcelonense, la Font del Gos, una de las pocas áreas forestales en las que abundan las flores y, por ende, una gran variedad de insectos polinizadores –mariposas, abejas, etc.–, algunos de los cuales se encuentran en riesgo de extinción. Como cada año, la reciente poda indiscriminada llevada a cabo por el Departamento de “Medi Ambient” catalán a principios de julio ha reducido a nada estos campos verdes, destruyendo así el hábitat de numerosas especies y alterando su ciclo reproductivo y alimenticio. Y produciendo incendios. Haciendo bueno el dicho popular sobre el ladrón o el homicida: “Corte una flor y será un asesino; pode un campo completo con el beneplácito del gobierno y estará salvando el planeta del cambio climático”. El mayor responsable del cambio climático es el gobierno y nuestros impuestos sólo ayudan a incrementar ambos.

Se nos dice que una misteriosa “ola de calor” recorre el Mediterráneo, olvidando que las temperaturas fueron por lo general y durante mayor tiempo superiores en los últimos años y escogiendo cuidadosamente con un alto grado de premeditación el número más alto posible, aunque para ello sea necesario desplazarse a un punto concreto de nuestra geografía e ignorar registros anteriores superiores: los 49 grados fueron alcanzados en Sevilla en 1957, en Ciudad Real en 1962, en la Comunidad Valenciana en 1965, en Madrid en 1974 o en Écija en 1981. No dudamos que estas fechas pueden parecer prehistóricas para los delicados copos de nieve “millenials” que creen que el mundo comenzó con ellos, pero para el planeta suponen una fracción temporal tan ínfima que ni siquiera merece la pena tenerla en cuenta.

No es necesario decir que la incapacidad de la población occidental para comprender unas cuestiones tan simples en un momento histórico en el que toda esta información se encuentra, literalmente, al alcance de la mano, así como su insuficiencia argumentativa al enfrentarse al sentimentalismo periodístico y su falta de pensamiento crítico al respecto, son el resultado de ese largo proceso de anulación de la persona, de infantilización de la educación, hipersexualización de la infancia y relativización de nuestra valoración de la realidad y de lo moral, detrás del cual se esconde el ataque institucional y sistemático a la reflexión filosófica y a las Humanidades. No olvidemos ese dicho legendario que, según un escolio a un discurso de Elio Arístides, fue inscrito sobre la puerta de entrada a la Academia de Platón: ΑΓΕΩΜΕΤΡΗΤΟΣ ΜΗΔΕΙΣ ΕΙΣΙΤΩ, es decir, “Que no entre quien no esté versado en geometría”. En su lugar, profesores y políticos regalarán a sus bisoños erómenos en el próximo curso un nuevo lema:

ΑΓΕΝΕΤΗΣΙΟΣ ΜΗΔΕΙΣ ΕΙΣΙΤΩ

“Que no entre quien no esté versado en ideología de género”


2 respuestas a “De incendios heraclíteos e inundaciones talesianas

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