El extremo occidentalismo del antioccidentalismo chino

Si hay algo que ha caracterizado a la izquierda desde sus orígenes en la Revolución Francesa, esto es sin duda su sanguinario resentimiento hacia el género humano y su carácter profundamente antioccidental. Si bien esto pudo tener sentido en su momento, es decir, dentro del marco de creencias asociadas y limitados conocimientos del ámbito sociocultural en el cual culminó su desarrollo, la insistencia en mantener estas políticas a día de hoy no deja de ser sorprendente. En efecto, la izquierda se desarrolló en una sociedad clasista en la que se debatían, por un lado, los fantasmas del homo homini lupus hobbesiano, codificado en una moral victoriana cada vez más doblegada por los descubrimientos científicos de los últimos dos siglos; y, por otro lado, la invención del “buen salvaje” a raíz de la Era de los Descubrimientos, que parecía sugerir que ese carácter malvado, hobbesiano, del ser humano occidental tenía su raíz en la compleja sociedad europea y en la división en clases inherente a la misma, generadora de conflicto.  

Que el marxismo es un residuo de la época victoriana es a día de hoy innegable. En primer lugar, los presupuestos morales de la izquierda coinciden en líneas generales con el victorianismo: su odio al empresario (el “acaudalado”), su división ficticia entre pobres (siempre sus simpatizantes) y ricos (en realidad sus líderes), la segregación sexual (separación de hombres y mujeres) y racial (creación de ghettos para conservar la cultura del “buen salvaje”), así como su obsesión por el sexo y el carácter animal del hombre, que es visto como una criatura dual que acoge en su interior a un monstruo inefable, asesino y violador de mujeres (véanse, por ejemplo, las novelas El caso del Dr Jekyll y Mr Hyde de Stevenson o La isla del doctor Moreau de H. G. Wells). En segundo lugar, el marxismo bebe en lo económico del naciente victorianismo conservador británico, moldeado por las teorías del valor de costo de producción desarrolladas por David Ricardo y Adam Smith, y que fueron superadas casi inmediatamente por la teoría marginalista del valor subjetivo de Carl Menger. El Capital de Marx es, como Francis Wheen ha resaltado en su biografía del filósofo alemán, “un melodrama victoriano o una novela gótica […] una odisea picaresca a través de los dominios del mayor de los disparates […] un largo chiste sin ninguna gracia” (Karl Marx. A Life, 2001, pág. 304).

Es por ello que uno no puede sino observar la reciente celebración del centenario del Partido Comunista Chino bajo Xi Jinping como si de una molesta bufonada se tratase. Desde que en 2018 se aprobara la eliminación del límite de mandato impuesta por su partido, elevando a Xi Jinping a “presidente de por vida”, China ha estado desarrollando un fuerte nacionalismo que la ha llevado a oponerse a toda manifestación de occidentalismo, entendido éste como aquello que corrompe las milenarias costumbres chinas encarnadas por el Partido Comunista Chino en la figura de Xi Jinping. Así, bajo la cortina de una supuesta pandemia, China ha comenzado a expandir su Lebensraum, atacando a Hong Kong y tanteando las consecuencias de una posible ofensiva sobre Taiwán, ha llevado a cabo programas de eugenesia contra etnias que consideran no autóctonas y ha internado a más de dos millones de musulmanes en campos de concentración. Pero como suele decirse en inglés, “el chiste es sobre vosotros” o, en términos más cervantinos, saliste por lana y volviste trasquilado.

En efecto: el Partido Comunista Chino fue fundado en el año 1921 por Chen Duxiu y Li Dazhao, dos de los adalides del Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919. Este movimiento fue responsable de la introducción de ideas occidentales en China y de la reforma lingüística a través de la cual la lengua china actual adoptó su artificial gramática inglesa. Chen Duxiu, que detestaba la cultura clásica china, se convirtió al marxismo tras el fracaso del Tratado de Versalles e invitó a la Universidad de Pekín a dos famosos filósofos izquierdistas, John Dewey y Bertrand Russell, con cuyas enseñanzas esperaba reformar el país. Tomando como ejemplo la Revolución bolchevique y su lucha contra el régimen tradicional zarista, Chen Duxiu funda en 1921 el Partido Comunista Chino (PCC) y lo hace, irónicamente, en la concesión francesa de Shanghái, es decir, auspiciado por el liberalismo europeo que reinaba en las zonas sometidas a las potencias occidentales. No es de extrañar, pues, que toda mención a su nombre haya sido eliminada de la reciente celebración del centenario de su propio Partido. A partir de entonces, y durante las siguientes cuatro décadas, el PCC no sólo ocasiona una guerra civil que fragmenta China exactamente igual que las potencias occidentales lo hicieran a principios del s. XX, sino que impone el odio al empresario (entre 700.000 y dos millones de “capitalistas” asesinados entre 1950 y 1953), la división en clases (Movimiento Antiderechista de 1957-1959) y la segregación racial (Movimiento Antilamaísta en 1950).

El actual comunismo antioccidental de Xi Jinping es incluso más ridículo que el maoísmo de décadas pasadas, pues no sólo es una caricatura exagerada del victorianismo conservador británico, sino que adopta a su vez otro movimiento de origen igualmente occidental: el nacionalismo alemán, fruto del romanticismo y que no hace sino recoger los presupuestos filosóficos de la misma Revolución Francesa contra la que se alza, es decir, la existencia de una división clasista (ahora entendida como étnica, racial o nacional) del género humano (Rousseau) en perpetua lucha de los unos contra los otros (Hobbes). La adopción por parte del comunismo chino de ideas tan afines al nacionalsocialismo alemán como el Lebensraum, China über alles o la idea de un resurgimiento de entre las ruinas (Auferstanden aus Ruinen) bajo la sombra del Tratado de Versalles debe recordarnos que la comunión entre ambas ideologías, nacionalismo y socialismo, no es en modo alguno una singularidad histórica, como bien demuestra la existencia en nuestro país de partidos abiertamente fascistas y racistas como Esquerra Republicana per Catalunya (ERC), sino una consecuencia. El comunismo es, en todas sus formas, el residuo de un movimiento hipócritamente puritano y supersticioso, el victorianismo, que sucumbió en lo económico y antropológico a los avances de la ciencia moderna y cuya revitalización en Occidente amenaza con devolvernos a todos al oscurantismo de otra época.


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