El cerebro alemán del catalanismo

Decía François Furet en El pasado de una ilusión (1995),siguiendo de cerca a Waldemar Gurian, que Hitler era “le frère tardif de Lénine”, el hermano tardío de Lenin. Durante las protestas de 2019 corría entre la juventud hongkonesa un curioso chiste, basado antes en una aguda observación de los acontecimientos allende la frontera china –más de un millón de musulmanes confinados a campos de concentración en Xinjiang– que en un conocimiento de la realidad geopolítica de Europa: “¿Sabes cómo se dice “comunismo” en alemán? Nazismo”. Al chiste podría dársele fácilmente la vuelta.

El comunismo proviene, en efecto, del mismo molde que el nazismo, si bien sus metodologías difieren. Hitler no sólo germanizó el modelo soviético de matar, sino que era además un fiero anticapitalista convencido de que el movimiento bolchevique y su paladín filosófico, Karl Marx, eran el resultado de una conspiración judía mundial cuyo fin último era la instauración de un régimen capitalista internacional. Así, en su manifiesto autobiográfico Mi lucha (1925), el futuro canciller alemán afirmaba:

Nuevamente comencé a enriquecer mis conocimientos y llegué a penetrar el contenido de la obra del judío Karl Marx. Su libro El capital empezó a hacérseme comprensible y, asimismo, la lucha de la socialdemocracia contra la economía nacional, lucha que no persigue otro objetivo que preparar el terreno para la hegemonía del capitalismo internacional.

[…]

Su misión se concreta a dislocar el poder racial y nacional del pueblo, para prepararlo a llevar el yugo de la esclavitud del capitalismo internacional y de sus gerentes, los judíos.

El motivo fundamental de esta opinión lo podemos encontrar tanto en Marx como en Lenin, que creían que el modo de producción capitalista era una condición históricamente necesaria –un “punto de transición”, como dirá Marx en los Grundrisse parafraseando al economista Richard Jones– para la transformación del proceso de trabajo en un proceso revolucionario socialista, a partir del cual se podría alcanzar la utopía económica comunista. Así respondía Marx a Vera Ivánovna Zasúlich en 1881:

Restringí claramente la “inevitabilidad histórica” de este proceso a los países de la Europa Occidental. […] En el último análisis [del capítulo 32 de El Capital], pues, una forma de propiedad privada se transforma en otra forma de propiedad privada; (el curso Occidental). Dado que las tierras de los campesinos de Rusia nunca han sido propiedad privada suya, ¿cómo podría aplicárseles esta tendencia?

Lenin ya había negado este último punto en Acerca de la llamada cuestión de los mercados en otoño de 1893, pero compartía con Marx su creencia en la inevitabilidad histórica del capitalismo como condición sine qua non para el socialismo primero y la utopía comunista después, y a esto dedicó un largo epígrafe en El estado y la revolución (1917).

Que Hitler no creyese en el carácter esencial e imprescindible del capitalismo para alcanzar el socialismo coincide con mordaz ironía con los modernos socialistas y antisistema occidentales, ahora heraldos de la nueva ideología woke. Los une, además, un mismo odio hacia todo lo judío y hacia Israel, ejemplificado magníficamente en el moderno pacto Ribbentrop-Mólotov entre progresía e islamismo, al cual Gustavo de Arístegui dedicó un profético libro, Contra Occidente (2008).

Estas reflexiones vienen a cuento de una conversación mantenida entre dos trabajadoras –llamarlas libreras sería una afrenta a la profesión– en una conocida librería catalana, del barrio barcelonés de San Gervasio, para más señas. La persona en cuestión, que al dedicarse a vender libros hacía pensar en un cierto afecto a la palabra escrita, leía un pasaje de dudosa calidad literaria sobre qué querían las mujeres. “Un amor pasional” o algo así. No presté demasiada atención a la frase en cuestión, pero sin duda nada excesivamente misógino ni tan siquiera en los tiempos que corren. Su comentario, en una mezcolanza abigarrada de catalán y español fruto indudable de la exitosa inmersión lingüística, fue digno de un inquisidor: “Esto tendría que estar prohibido. Tú te crees. El Estado debería prohibir estos libros”.

O destruirlos. Al fin y al cabo, ya desde 2015 el PSOE facultó a los tribunales para ejercer este derecho distópico-bradburiano:

El juez o tribunal acordará la destrucción, borrado o inutilización de los libros, archivos, documentos, artículos y cualquier clase de soporte objeto del delito a que se refieren los apartados anteriores o por medio de los cuales se hubiera cometido.

Salí de allí con un volumen de Josep Pijoan y sus artículos “pancatalanistas” (la Lebensraum catalana, tal vez bien merecedora de la hoguera inquisitorial) y una copia de Fascismo de Otto-Ernst Schüddekopf, la cual tal vez habría resultado más provechosa en manos de la susodicha señora. Pero antes de abandonar el local, la muy buñuelesca realidad catalana me sacudió de nuevo con una de esas bofetadas verbales que, más que dolor, provocan sorpresa primero, risa después y, finalmente, una vez rumiadas, repugnancia. Se trataba, según me informaron después, del programa “Els homes clàssics” dirigido por Pedro Pardo y Albert Galceran y dedicado al compositor soviético (y judío) Dmitri Shostakóvich, al cual contraponían sin venir demasiado a cuento las primeras notas del “himno patriótico” catalán, Los Segadores. A uno de los contertulios el canto, decían, “se la ponía tiesa” (sic), atavismo interesante que tal vez se deba a que la melodía de Los Segadores era originalmente una canción erótica. El otro contertulio hacía por su parte acopio de ese núcleo doctrinal del catalanismo redescubierto por Francisco Caja al afirmar, sin la menor vergüenza, que Los Segadores era el producto de una “cabeza matemático-occidental influenciada por la música alemana”.

No parece, pues, extraño que estos cerebros alemanes del catalanismo ensalcen la censura y se exalten con melodías falsamente germanas. Al fin y al cabo, siguen siendo los hermanos tardíos de Lenin.

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