Bienvenidos a la Iglesia de la Cambioclimatología: pobreza, castidad y obediencia

La “ideología del miedo”

La reciente sucesión de olas de calor, equiparable a las no menos recurrente olas pandémicas –llevamos cinco de la primera y siete de la segunda–, ha servido de excusa una vez más al gobierno español para implantar nuevas medidas totalitarias basadas en el ataque a la privacidad, propiedad privada, el robo institucionalizado a la clase media y la debilitación de la sociedad occidental, batalla ésta que se lleva a cabo desde diversos frentes, siendo los más importantes la ideología de género, la inmigración subvencionada de los ahora llamados “migrantes climáticos”  y las reformas en la educación.

Como ya explicamos hace un año, ni las inundaciones que vendrán ni los incendios que ya sufrimos han sido ni serán algo inaudito y sin parangón en la historia “reciente”, “conocida” o “documentada” de Europa. Los mismos sucesos utilizados por los cambioclimatólogos para atemorizar a la población justifican esta postura. Las “piedras del hambre” que han aparecido con la sequía presentan fechas tan remotas como 1947, 1959, 2003 o 2018. La Iglesia de San Román de Sau, que según Antena 3 “nunca antes se había visto”, ya había aparecido en semejantes condiciones en 2005, 2008, o 2016. La reaparición del Dolmen de Guadalperal ya se produjo en varias ocasiones en la década de los noventa y, en los últimos años, en 2019 y 2021, y como bien señala el presidente de la asociación cultural Raíces de Peraleda, Ángel Castaño, esto es debido a la alta demanda de energía hidroeléctrica consecuencia del alto consumo que se ha producido durante la pandemia. Ninguno de estos hechos sirve, por añadidura, para demostrar la existencia del cambio climático, en cuanto que el período de tiempo que cubren es demasiado reducido como para extraer conclusiones al respecto: el embalse de Sau se finalizó en 1962 y el de Guadalperal en 1963. Cualquier dictamen en una u otra dirección es demasiado anecdótico como para ser considerado científico, aunque a la generación del nuevo milenio le parezca extremadamente lejana cualquier cosa ocurrida ante eos natum (o e@s).

A estas afirmaciones pseudocientíficas cabe añadir los nuevos mapas apocalípticos del tiempo, en ocasiones fruto evidente de un error con la herramienta de relleno de Photoshop perpetrado por algún becario incompetente recién salido de la LOMLOE. Estos mapas comenzaron a utilizarse en verano de 2019, como puede comprobarse en la misma página de Radio Televisión Española, si bien la memoria colectiva parece haber aceptado su existencia como algo habitual.

Mapas del tiempo en agosto de 2010 y 2015 y julio de 2022 (Fuente: RTVE, https://www.rtve.es/play/audios/el-tiempo/).

Parece evidente que detrás de estos fabricadores de miedo se encuentra un móvil puramente económico. Numerosos estudios desde el ámbito de la sociología apuntan al abrumador efecto de las continuas e interminables novedades en el ámbito de la estética y la tecnología, que crean en el consumidor un deseo intenso por renovar visualmente esas experiencias y la necesidad de entregarse a actividades nuevas y más extremas para galvanizar sus sentidos. La tendencia al melodrama y a la desmesura, potenciada por la irrupción de nuevas redes sociales basadas en la inmediatez y la impermanencia (Instagram, TikTok, Twitter, Tumblr), ha instaurado en los medios de comunicación la misma necesidad de exagerar las noticias para ganarse la atención de sus telespectadores. La verdad ya no importa tanto como el exabrupto, cuanto más excesivo y tendencioso mejor, pues los medios saben bien que no sólo se trata de atraer al vulgo inculto que se traga estos dislates, sino también el público educado que reaccionará contra ellos y contribuirá a su expansión y a las visitas compartiéndolo en sus redes o con sus amistades a través de los programas de mensajería.

Pero más allá del móvil económico que sin duda mueve a los medios de comunicación se encuentra la estrategia gubernamental de utilizar ese mismo miedo como herramienta de sumisión moral (obediencia) y económica (incremento exponencial de impuestos) para empobrecer a la clase media y pedirnos sacrificios mientras ellos disfrutan a nuestra costa y sin el más mínimo esfuerzo por su parte de todo aquello que nos prohíben. Entre los recientes ejemplos de cómo los medios y el gobierno están jugando con esta “ideología del miedo” para amedrentar y debilitar la moral de los ciudadanos y hacerles vivir en un estado de temor perpetuo, podemos destacar las siguientes “fake news”:

· Los recientes incendios, nunca antes vividos en la historia de España, son resultado del cambio climático. No importa que los ganaderos digan que no, que es culpa de la nefasta gestión de los departamentos de medioambiente y de los ecologistas y su empeño en no “profanar” (nótese el elemento religioso) los campos retirando las ramas secas. Ni que los Mossos hayan detenido al autor de al menos nueve incendios en Cataluña. Recuérdelo, señor contribuyente, cuando le suban impuestos para luchar contra el cambio climático. Porque “el cambio climático mata”. Los padres ineptos, en cambio, no.

· La nueva escasez de hielo es también consecuencia del cambio climático. O de la crisis energética por la guerra en Ucrania. O de las dos a la vez. La realidad es que, como sucede con todos los productos del mercado, el corte en las cadenas de producción debido a las restricciones por la pandemia y la súbita demanda que se ha producido este año con la vuelta a la “normalidad” son las verdaderas causas del encarecimiento de la mayor parte de los productos.

· Ha habido un incremento espectacular en el número de tiroteos masivos en los Estados Unidos. Mientras elDiario.es nos informaba de que entre 2017 y 2021 hubo 31 tiroteos masivos, El País aseguraba que se habían producido once tiroteos en una noche y la CNN afirmaba sin ruborizarse que en la primera mitad del 2022 el número de tiroteos ascendía a 308. La realidad es que la mayor parte de estos “tiroteos masivos” son casos de “violencia armada” redefinidos así desde la presidencia de Joe Biden, acérrimo enemigo de la segunda enmienda. Muchos de estos casos corresponden a tiroteos entre bandas de afroamericanos, no a pueblerinos blancos que votan a Trump desde la América profunda y se dedican enloquecidos a ejecutar estudiantes. La noticia alarmista sirve, una vez más, para estigmatizar al hombre blanco, al votante de derechas y al derecho a la legítima defensa, fundamental para defenderse de cualquier gobierno totalitario.

· La moda de los pinchazos fantasma a mujeres ha asolado España y Francia en las últimas semanas, llegando a proponerse cachear en las discotecas únicamente a los hombres. Sin embargo, no sólo no hay ni un solo detenido legítimo hasta el momento, sino que los exámenes a las presuntas víctimas no han revelado absolutamente nada. En algunos casos sabemos que la “víctima” aprovechó la moda del pinchazo para intentar cobrar el seguro por un robo de móvil, llegando incluso a afirmar que había perdido el conocimiento. Muchas jovencitas encontrarán en este nuevo fenómeno la excusa ideal para justificar una resaca, llegar drogadas a casa o, quién sabe, ocultar algún que otro pinchazo legítimo por consumo de estupefacientes. No olvidemos que recientemente un hombre fue encarcelado porque una menor se inventó una violación por algo tan banal como que “llegaba tarde a casa”.

Los sacrificios impuestos para solventar todos estos problemas ficticios y establecer una sociedad utópica pueden resumirse en los conocidos votos monásticos de pobreza, castidad y obediencia. A estos cabe añadir el voto de silencio impuesto en los transportes públicos y, en especial, en el orwelliano Tren del Silencio catalán.

Primer voto: POBREZA

La reciente crisis energética es, se nos dice, consecuencia directa de la dependencia europea del gas ruso. España se encuentra a este respecto en una situación privilegiada debido a que el suministro de gas nos llega a través del gaseoducto Medgaz, en territorio argelino. Sin embargo, la izquierda psicópata liderada por Pedro Sánchez se encargó rápidamente de solventar este problema.

Rusia comenzó su “nueva invasión” de Ucrania el 24 de febrero de 2022. En menos de un mes nuestro presidente Pedro Sánchez decidió, sin venir a cuento, que España se iba a posicionar a favor de Marruecos en la cuestión del Sáhara Occidental, traicionando así a Argelia en un momento clave en el que nuestro país dependía, más que nunca, del gas argelino. Pedro Sánchez llegó incluso a mentir abiertamente al afirmar que Argelia ya conocía esta decisión. No contento con esto, Pedro Sánchez ha dejado a España fuera del nuevo plan estratégico que pretendía utilizar España y Francia como vías de entrada del gas argelino en Europa. La Unión Europea no ve en España (es decir, en el sanchismo y su aliado separatista en Cataluña, principal obstaculizador del Midcat) un socio fiable y ha decidido financiar en su lugar a Italia como proveedora de gas argelino a Europa.

La intención de Pedro Sánchez no es promover las energías verdes, como cree la derecha española, sino fomentar la pobreza de la clase media atacando directamente su forma de vida y uno de los pilares de nuestra sociedad moderna: el lujo. El lujo no es ni mucho menos una ostentación inútil, sino una conquista social del capitalismo que, con la gran abundancia de bienes a precios asequibles, nos ha permitido establecer metas vitales, en su mayor parte estéticas e intelectuales, de las que en su momento sólo disfrutaban las familias aristocráticas. Ni el arte, ni la literatura, ni el disfrutar de una buena comida o dar un paseo por el campo son imprescindibles para sobrevivir, pero son sin embargo indispensables para crecer como personas. Así se entiende ese avance, lento pero inexorable, hacia la completa absorción de nuestra propiedad y de nuestros lujos a través de la “ideología del miedo”: apaguemos las luces a las diez de la noche, no subamos el aire acondicionado, dejemos de comer carne o de viajar en vehículos privados o en avión, como en Francia.

El ciudadano creyente en la cambioclimatología se convierte así en penitente, pagando con sus impuestos el costo de pecar contra la Madre Tierra. El carácter absolutamente sectario de esta ideología lo reconocía sin tapujos la izquierdista Nancy Pelosi tras anunciar una subida de impuestos:

La Madre Tierra se enfada de vez en cuando, pero esta legislación nos ayudará a encargarnos de ello.

Este voto de pobreza impuesto a los feligreses nunca es respetado por los líderes religiosos. Mientras ellos nos exigen sacrificios denigrantes para el ser humano, Pedro Sánchez sigue viajando en su falcon de forma continua incluso cuando debe desplazarse por territorio español y los grandes líderes mundiales hacen lo propio para asistir a las cumbres sobre cambio climático. Ningún político renuncia a sus coches privados, pero se establecen zonas de exclusión en las grandes capitales que limitan el acceso en vehículo privado a las personas pobres. Mientras Alberto Garzón repite en Twitter que hay que reducir el consumo de carne y se nos dice que acabaremos comiendo gusanos, el político comunista disfruta en su intimidad del mejor jamón que nuestros impuestos pueden pagarle.

Segundo voto: CASTIDAD

Una de las características que define a la izquierda contemporánea es el maltusianismo, es decir, la idea absolutamente falaz de que existe un problema de sobrepoblación que tendrá consecuencias funestas para la humanidad: falta de recursos, hambrunas y reducción del nivel de vida. Tras más de siglo y medio de profecías y pronósticos no cumplidos, ahora los cambioclimatólogos han añadido los problemas asociados al medio ambiente, como la desertificación, la tala incontrolada de árboles o la escasez de agua y de espacios verdes. La solución es simple: debemos dejar de reproducirnos. La falacia es incluso más evidente: comparado con el resto del planeta, Occidente está absolutamente despoblado. Asia, Oriente Medio y África lideran los índices de densidad, no Europa o los Estados Unidos. Aquellos que creen que sobran seres humanos deberían comenzar a apuntar con sus dedos acusadores a chinos, indios, africanos o árabes si es que se encuentran genuinamente preocupados por el incesante crecimiento poblacional. Asia y Oriente Medio aúnan el 42% de la población mundial y África el 17%, seguidos muy de lejos por una despoblada Europa (9%) y una baldía Norteamérica (5,5%). La cuestión que deberíamos plantear a nuestros gobernantes es, pues, a quién habría que eliminar y por qué, quién va a decidir quién sobra en nuestro planeta. El camino hacia el que nos dirigiríamos a partir de aquí sería sin duda bastante familiar para Europa.

Uno de los instrumentos más recientes de esta izquierda es la ideología de género que, bajo el pretexto de los derechos de los homosexuales (¿es necesario decir en qué países los homosexuales están perseguidos?), ha comenzado a promover el cambio de sexo en menores. España introdujo este año 2022 la Ley Trans, que permite a los menores de 16 años cambiar de sexo sin consentimiento paterno. Es un primer paso que sigue las huellas de la legislación trans en los Estados Unidos y Canadá y que consiste en la administración de “bloqueadores pubertales” para retrasar o eliminar la pubertad y en la realización de mastectomías dobles (mutilación de los senos) a niñas. Estos bloqueadores son en realidad el mismo tipo de droga que se administra a los violadores para eliminar la producción de testosterona y estrógeno y, al igual que la mastectomía, pueden producir a la larga cáncer de próstata o pecho y endometriosis, entre otras dolencias, además de afectar a la capacidad reproductiva de los jóvenes que deciden volver a llevar una vida normal. El efecto de las cirugías de cambio de sexo es incluso mayor, pues esteriliza definitivamente a los niños que deciden someterse a ellas y que, en una inmensa mayoría, acaban arrepintiéndose del cambio de sexo al cabo de unos años. Tales son los más que conocidos casos de Ollie Davies, Jay Langadinos, Keira Bell o Chloe Cole. Esta última comenzó a someterse a esta terapia a los 13 años.

La ideología de género, impulsada por los gobiernos socialistas de Occidente, es una industria multimillonaria que se lucra a base de esterilizar y mutilar a niños con la excusa de defender las libertades de una comunidad que se identifica cada vez menos con esta ideología. Como comentaba un youtuber que había iniciado su transición:

Ya no me identifico con una persona no-binaria. Acepto el hecho que soy un hombre al que han lavado el cerebro con la ideología de género [haciéndome creer] que estaba en el cuerpo “equivocado” y que necesitaba cambiar mi cuerpo para ser mi “auténtico” yo. Mi cuerpo era perfecto tal y como estaba.

Este ataque a la infancia no termina aquí. Además de lavar el cerebro a los niños en las escuelas y a través de las redes sociales y de fomentar la homosexualización de las aulas, haciendo creer a los menores que si no son “no-binarios” no son ni normales ni tolerantes, la ideología de género socava el derecho de los padres a decidir sobre cuestiones vitales para el futuro de sus niños, llegando incluso a cuestionar la autoridad parental y la pertenencia de aquellos a sus progenitores. Tal es el caso de Rob Hoogland, cuya hija de 12 años decidió cambiar su identidad sexual tras ver vídeos propagandísticos de la SOGI 123 sobre ideología de género. La escuela decidió cambiar su género sin informar a los padres –la ley canadiense afirma que los padres no tienen derecho a conocer el género con el que sus hijos se identifican en la escuela– y enviar a la niña a un psicólogo especializado en niños trans, que sugirió comenzar a usar inyecciones de testosterona y planificar un “cambio médico”. Dos años después, mientras todo esto ocurría a espaldas de su familia, el hospital informó a su padre de que comenzarían a medicar a su hija. Dado que la niña ya tenía 14 años, no era necesario el consentimiento paterno. En 2019 una juez sentenció al padre de la criatura a seis meses de cárcel por “violencia familiar” al haber utilizado pronombres femeninos para referirse a su hija trans.

Tercer voto: OBEDIENCIA

El último voto monástico es el de la obediencia, no a Dios, sino a su sustituto en el pensamiento marxista, es decir, al Estado. Es bien sabido que la humillación, la denigración personal, la deshumanización y la pobreza son elementos esenciales que comparten secuestradores, dictadores, líderes de grupos sectarios y maltratadores, y a través de los cuales se persigue la dependencia y obediencia absoluta de sus víctimas o seguidores. Una obediencia absoluta con la que los ciudadanos europeos, pero especialmente españoles, han acatado las recientes leyes pandémicas y post-pandémicas, a pesar de haber sido declaradas en muchos casos inconstitucionales y de ir en contra del sentido común. Esto no habría sido posible sin el ataque a las instituciones educativas, algo que comenzó en España inmediatamente tras la Transición y en Cataluña con el “programa 2000” impulsado por Jordi Pujol en 1990, según el cual la educación se convertía en un instrumento con el cual inocular el sentimiento nacional.

El milagro ha llegado en los últimos años con silenciosas reformas educativas que han permitido a los alumnos pasar de curso sin aprobar ninguna asignatura, eliminando las calificaciones y las repeticiones de curso y basando la educación en la adquisición de “competencias” en lugar de “contenidos”. Entre esas “competencias” se encuentra la diversidad sexual, la ideología de género y pasar un examen ideológico de madurez en Selectividad que supondrá un 75% de la nota de acceso a la universidad, con lo cual se asegura que únicamente aquellos alumnos que han adquirido ciertas “competencias” puedan acceder a una educación superior. La función de este sistema no es únicamente premiar a vagos y mediocres, como comentaba recientemente Pérez-Reverte, sino la creación de un “hombre nuevo” que aglutine todas aquellas características que hacen de él un ser dócil y resignado, incapaz de pensar por sí mismo o de llevar a cabo cualquier tarea más allá de lo estipulado por el Estado. La eliminación de “contenidos” y su sustitución por “competencias” evita así un problema al que siempre se han tenido que enfrentar los gobiernos totalitarios: la necesidad de un Ministerio de la Verdad, ya sea ésta histórica o científica.

En efecto, es más fácil no enseñar historia o biología que preocuparse de censurar a aquellos que intentan poner en jaque la versión oficial de la misma o las teorías pseudocientíficas defendidas por cambioclimatólogos o ideólogos de género. En una entrevista concedida al comentador político Matt Walsh para su documental, ¿Qué es una mujer?, el Dr. Patrick Grzanka, profesor de estudios de género en la Universidad de Tennessee, afirmaba lo siguiente sobre la “verdad”:

Me siento realmente incómodo con ese lenguaje de, como, de llegar otra vez a la verdad en la vida social. ¿Por qué es incómodo? Porque me suena profundamente transfóbico. […] Sigues invocando la palabra verdad, que es condescendiente y grosera.

La verdad se encuentra en peligro, precisamente, porque los postulados de la ideología de género son científicamente falsables y absolutamente incoherentes y porque las predicciones apocalípticas de los cambioclimatólogos nunca se han cumplido. En 2006 Al Gore afirmó que nos quedaban diez años para llegar a un punto de no retorno. Cuando el apocalipsis climático no llegó, la fecha se demoró al año 2030, más o menos como hacían los Testigos de Jehová en los años 80 cuando el fin del mundo no acababa de llegarles y perdían feligreses. La predicción de los cambioclimatólogos, con Al Gore a la cabeza, era que el nivel de los mares subiría hasta siete metros inundando Nueva York, Holanda, Shanghái y Bangladesh. Tal vez haga hoy más frío o más calor que hace dos décadas y tal vez haya más incendios o inundaciones que en los últimos diez años. Es irrelevante, porque la predicción de los cambioclimatólogos era que Nueva York, Holanda y Shanghái se encontrarían bajo las aguas. Y esto no se ha cumplido.

Como ya apuntamos en otra ocasión con motivo de las predicciones apocalípticas del año 2021, ningún político cree en el cambio climático, como tampoco cree en los derechos de la mujer, la ideología de género, el “Black Lives Matter” o cualquiera de las infinitas estupideces con las que los psicópatas que se encuentran en el poder intentan humillar a Occidente y someternos a una nueva forma de dictadura basada en el miedo escatológico a la Madre Tierra.

Si creyeran en sus propios dislates deberían imponer restricciones a países como China o Indonesia, con índices de contaminación mucho mayores que los de Occidente y frente a los cuales países como España no pueden ni siquiera competir.

Si les importasen los derechos de la mujer, su enemigo sería el islam o los campos de concentración de Xinjiang, China, y no el hombre blanco.

Si les importasen las personas que se sienten hombre o mujer o gato lucharían por los derechos de la comunidad LGTB en países como Irán, Paquistán o China, donde se les ejecuta o interna en centros psiquiátricos.

Si les importasen los negros se preocuparían más por acabar con la segregación en guetos, en lugar de recordar a los estadounidenses descendientes de inmigrantes europeos de los años 20 que son culpables de la esclavitud que EE.UU. vivió un siglo antes de su llegada.

A principios de 1924 G. K. Chesterton escribió en sus cuadernos para el Illustrated London News que, frente a los pronósticos científicos que aseguraban el fin de la religión, “parece que nos encontramos en un mundo en el que cualquier teología puede reaparecer”. El filósofo británico no se equivocaba, como tampoco erró al afirmar que, mientras “el s. XIX prácticamente decidió no tener ninguna autoridad religiosa, el s. XX, continuando con el tratamiento, parece predispuesto a tener cualquier autoridad religiosa”.

El s. XXI augura ser un oxímoron: habiendo dejado de creer definitivamente en algo, es capaz de creer, no obstante, en cualquier cosa.

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