Dostoievski y la “guerra” de Ucrania

“Mi genio está en mi nariz”, decía el último gran filósofo europeo. Que se hable de repente de una “guerra” en Ucrania, sin presentar los antecedentes históricos que explican las acciones de las tropas rusas; se haga hincapié en el número cada vez más creciente de “refugiados” ucranianos, sin aclarar bajo ningún concepto de quiénes o de qué están realmente huyendo y se haya escenificado una campaña brutal de manipulación masiva de la opinión pública de manera semejante a la que se realizó durante el 2020 es lo que me ha llevado a sospechar que algo no huele bien en toda esta historia. Aquí se trata sin duda alguna de una cuestión que va mucho más allá de una mera “agresión militar” a Ucrania.

Ésta ha sido la razón por la cual, a pesar de que me han insistido desde varios frentes para que exprese mi punto de vista en relación con estos acontecimientos, he permanecido hasta ahora en silencio. Mas el hecho de tener que leer a cada vez más “expertos” y “especialistas” disertando sobre la historia de Rusia, de los rusos o de sus representantes más conocidos internacionalmente, como pudiera ser Fiódor Mijáilovich Dostoievski, es lo que me ha conducido finalmente a redactar estas líneas con el fin de aclarar algunas cuestiones.

Dostoievski y Ucrania

La relación de Dostoievski con Ucrania empieza en lo genealógico. Así hay que señalar que su familia, por parte de padre, provenía de aquel país, en el cual habían sido históricamente sacerdotes y donde el escritor tenía todavía familiares en vida, si bien es cierto que jamás los visitó ni tuvo contacto con ellos. No obstante, si hemos de fiarnos de los datos transmitidos por su hija, el “carácter ucraniano” se reveló en el escritor no sólo en el hecho de que “tenía ojos marrones, verdaderos ojos ucranianos”, sino también en su vena poética, que habría sido lo que le habría guiado instintivamente a la escritura y a tener como uno de sus modelos literarios más importantes durante toda su vida a otro ucraniano de origen: Nikolái Vasílievich Gógol.

Asimismo, el padre de su segunda esposa, Grigori Ivánovich Snitkin era un pequeño funcionario de la pequeña nobleza ucraniana, que se había casado con una mujer de origen sueco. A pesar de ello, indica la hija de Dostoievski, parece ser que “para los antepasados de mi madre, Ucrania siguió siendo para siempre La pequeña Rusia, la hermana menor de La Gran Rusia, a la que admiraba hasta la médula”.

A todo lo anteriormente expuesto habría que agregar el dato de que un hermano de Fiódor Dostoievski, Andréi, se casó con una ucraniana y que uno de sus mejores amigos durante su periodo de estudios en San Petersburgo fue el retratista Konstantín Aleksandrovich Trutovski (1826-1893), quien tenía raíces ucranianas y quien es mencionado nominalmente en 1877 en Diario de un escritor (PSS 26:36), así como en su correspondencia con su hermano (PSS 28.1:124-125).

Por otro lado, hay que señalar que durante sus años de trabajos forzados en Omsk Dostoievski convivió con 3 ucranianos o, como él los denominaba, «pequeños rusos» (PSS 4:56), así como también que su decidida defensa de los pueblos eslavos del sur, le hizo ganarse la simpatía del político ucraniano Mijailo Petróvich Drahomanov (1841-1895), quien le envió dos escritos junto con una carta el 26 de septiembre de 1876, que se conservan actualmente en su biblioteca personal.

Por lo que se refiere a menciones explícitas de Ucrania o de los ucranianos en la obra de Dostoievski, encontramos un texto de 1863, en el que, de manera marginal, pero contundente, se denuncia el sometimiento cruel por parte de los señores feudales polacos de la zona occidental de Ucrania conocida como “Galitzia” y que desde el siglo XVI llevaba el nombre de “La Rusia roja”. De hecho, es digno de notar que Dostoievski no utiliza en este contexto el término “ucraniano” para referirse a sus habitantes, sino el de “rusos rojos”. De ellos destaca, además, su valor y su valentía al estar unidos en la fe (ortodoxa) en lucha constante contra el opresor polaco de fe católica (PSS 20:52).

De mediados de 1864 procede un fragmento póstumo, en el que el novelista ruso polemiza con Nikolái Ivánovich Kostomarov (1817-1885), historiador de origen ucraniano que había tachado a Pushkin de “canalla” en un artículo publicado en la revista La Voz (núm. 32, 1 de febrero de 1864) con el fin de buscar, según Dostoievski, el aplauso de los nihilistas de su época. Ante estas injurias hacia el que ya por entones consideraba el primer y gran poeta ruso, Dostoievski afirma rotundamente que “para ser un historiador ruso, hay que ser ante todo ruso. Usted no posee el espíritu ruso, lo juzgo por los hechos y se lo digo a la cara. Tenga la gallardía de decir eso también a la cara. Me encanta el papel de Moscú en la historia de Rusia y lo digo sin rodeos” (PSS 20:178).

La política de Dostoievski

En los artículos de opinión sobre Dostoievski y la situación actual en Ucrania se hace mención de manera cansina al hecho de que se habría considerado el poeta de “los humillados y ofendidos” o que habría padecido la “opresión” del Zar Nicolás I, cuando fue detenido y condenado a trabajos forzados. El resaltar estos datos biográficos justificaría la imagen de un Dostoievski que habría combatido al poder y a la injusticia, pues no en vano habría sufrido la represión del zarismo en sus propias carnes.

Con argumentos tan pueriles como éste volvemos a la misma situación que hace exactamente un siglo, cuando en algunos círculos se estimaba a Dostoievski como un “revolucionario”, un “nihilista” o un literato “tocado de principios anarquistas” (Maeztu).

Sin embargo, no hay nada más alejado de la verdad que estas opiniones, que no aseveraciones objetivas, sobre el autor de El idiota.

Dostoievski no fue jamás un enemigo del Estado ruso, ni despreció al Zar, ni combatió la religión. Tampoco fue jamás un amigo del socialismo, de la Ilustración europea y, mucho menos, un abogado de la democracia y de los valores liberales.

Por el contrario, si algo hay seguro en el pensamiento de Dostoievski –y que se refleja tanto en sus novelas, como en sus narraciones y, sobre todo, en sus artículos periodísticos– es su profunda y decidida oposición a todos los valores propios del siglo XIX europeo. El concepto de “revolución conservadora” no es una invención de la historiografía germana, sino que tiene sus raíces en el escritor ruso (PSS 23:44), quien combatió incansablemente los males causados por el capitalismo, el socialismo, la Ilustración y la democracia, movimientos que consideraba impulsados por los judíos (sí, Dostoievski era un convencido antisemita) y cuyo centro de acción veía no sólo en París, sino también en Odesa, Ucrania.

El apoyo de Dostoievski al Zar fue durante toda su vida sincero e incondicional. No sólo se podrían citar como ejemplos los versos bélicos que el escritor dedicó a la Guerra de Crimea (1853-1856) con el título “Sobre los acontecimientos europeos en el año 1854”, sino también su respaldo activo a la segunda guerra turco-rusa o “Guerra de Oriente” (1877-1878). Este conflicto bélico el escritor ruso lo concibió como una guerra necesaria de liberación por parte del Zar de los pueblos eslavos sometidos a la espada de Mahoma y, al mismo, tiempo, como una guerra religiosa de la cultura cristiana ortodoxa tanto contra el islam (sí, Dostoievski fue un decidido enemigo de la religión de Alá) como contra la decadencia de Occidente y que se resumía en su grito de guerra: “¡Constantinopla tiene que ser nuestra!”.

En este punto se observan dos constantes del pensamiento dostoievskiano que se suelen olvidar, cuando no ignorar, con bastante ligereza.

En primer lugar, su profundo paneslavismo. Es cierto que Dostoievski podía tener sus diferencias con los eslavófilos de su tiempo, mas si hay una cuestión indiscutible para él es la unión de todos los pueblos eslavos bajo la égida del Zar. Esta concepción política del escritor ruso no es propia del “último” Dostoievski, sino que se observa desde su juventud “revolucionaria”, como testimonia, por ejemplo, su compañero de trabajos forzados, el polaco Szymon Tokarzewski:

[Dostoievski] nunca decía que Ucrania, Volinia, Podolia, Lituania o que toda Polonia eran países ocupados, sino que sostenía que todas estas áreas de tierra eran propiedad eterna de Rusia, que la mano de la justicia de Dios había puesto estas provincias, estos países bajo el cetro del Zar, que no podrían existir independientemente, que se mantendrían en un estado de ignorancia, de barbarie y de pobreza. En opinión de Dostoievski, las provincias bálticas eran propiedad de Rusia; de la misma manera que Siberia y el Cáucaso (Szymon Tokarzewski: Siedem lat Katorgi, Varsovia, 1918, págs. 168-169).

En segundo lugar, Dostoievski jamás fue pacifista. En todo momento abogó por el uso de la fuerza y de la violencia, si ésta era necesaria para alcanzar, como él decía, la “justicia” o la “salvación”. Así lo declaran los testimonios de su época de revolucionario y así lo expresa el escritor mismo en 1877 cuando sostiene que, si bien la guerra es una desgracia, ni él ni el pueblo ruso la temen y de ahí su decidida defensa, cuando asegura que “nosotros somos los más fuertes” y que la guerra es el único medio “para servir a Cristo y para liberar a sus hermanos [eslavos] oprimidos”. De esta manera, se entiende que pueda concluir que “no siempre hay que predicar únicamente la paz y no sólo en la paz está la salvación, sino a veces también está en la guerra” (PSS 25:100).

Por último, conviene señalar cómo Dostoievski había tenido ocasión de presenciar y vivenciar durante sus largos años de estancia en Alemania y en Suiza cómo los europeos despreciaban profundamente a los rusos. De ahí que, en abril de 1876, constate que “es remarcable el hecho de que Europa no nos quiere ni nos ha querido nunca; nunca nos ha considerado como uno de los suyos, como europeos, sino siempre únicamente como extranjeros molestos. He aquí por qué les encanta consolarse a veces con la idea de que Rusia sería ‘hasta el momento impotente’” (PSS 22:121).

Lejos de la falsa representación de un Dostoievski “fraternal”, que buscaba la unión y la comprensión de Europa para con Rusia, que luchaba por un ideal de “humanidad total” o de “amor universal”, lo que se obtiene, si se leen correctamente sus consideraciones realizadas tras su “Discurso sobre Pushkin” y, sobre todo, en el número publicado post-mortem de Diario de un escritor, es un Dostoievski plenamente consciente de cuál es la posición real de los rusos para los europeos y que afirma de manera consecuente que ellos “no pueden reconocernos de ninguna manera como uno de los suyos. Ellos no creerán jamás que nosotros de verdad podemos participar con ellos y en igualdad de condiciones en el destino futuro de su civilización. Ellos nos han reconocido como extraños a su civilización […] Ellos se sienten espiritualmente más cerca de los turcos y de los semitas que de nosotros, los arios” (PSS 27:35).

Forjada exclusivamente a partir de sus propias manifestaciones, la percepción de Dostoievski como político se nos revela de manera clara y distinta: el autor de Los hermanos Karamázov es un decidido defensor del Zar, de la religión ortodoxa, de la supremacía del pueblo ruso entre los pueblos eslavos, quienes debían estar bajo la égida de Moscú; asimismo, se opone de manera irreconciliable a todos los valores propios del siglo XIX y que hoy consideramos como intocables: la democracia, el liberalismo, la Ilustración y el pacifismo, así como exige a los rusos despertar de sus veleidades pro-occidentales, volver a sus orígenes, a sus tradiciones y dirigir su mirada no hacia Europa, sino hacia Asia.

Jordi Morillas


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