Ucrania, Taiwán y la claudicación moral de Occidente

Hay un dicho estúpido que recorre las redes y, hasta cierto punto, la literatura no izquierdista: que la historia nos enseña que a los déspotas y a los tiranos dementes siempre les espera un triste final. Que todas las dictaduras acaban cayendo. Pero Stalin murió en su lecho a los 74 años, Lenin a los 53, Mao Zedong a los 82 años y Kim Jong-il a los 70. Todos ellos fallecieron tras una vida de excesos en la que nunca pagaron por sus crímenes ni fueron castigados por retribución alguna. Al contrario, tanto Stalin como Lenin, Mao y Kim perviven momificados para siempre, mostrando que a los déspotas y a los tiranos dementes les espera la vida eterna. Lo mismo puede decirse de Francisco Franco y de Fidel Castro: murieron de viejos, el primero de ellos con una consciencia de pecado, como diría Claudio Sánchez-Albornoz, que lo llevó a facilitar una transición democrática; el segundo dando paso, al más puro estilo de una monarquía hereditaria norcoreana, a su hermano.

¿Y qué hay de las dictaduras? Tanto la República Popular China como Corea del Norte siguen existiendo después de más de 70 años de totalitarismo, hambrunas y masacres y numerosos cambios en el poder y lo mismo puede decirse de las repúblicas bananeras que saturan América del Sur. Lo contrario parece ser cierto: las democracias acaban cayendo víctimas de las dictaduras y el totalitarismo.

Hoy los equivalentes modernos de aquellos pacifistas tan bienintencionados como equivocados, encabezados por el presidente norteamericano Woodrow Wilson, observan con idénticos ojos el creciente conflicto bélico entre Ucrania y Rusia y afirman que a los déspotas y a sus dictaduras siempre les espera un triste final. Pero si algo nos ha enseñado la historia es que el pacifista bienintencionado siempre se equivoca en su sentimentalismo histérico. Si los Estados Unidos hubiesen entrado antes en la Primera Guerra Mundial ésta no habría durado ni la mitad e incontables vidas se habrían salvado. Si el presidente Wilson hubiese sabido negociar con mano firme en el Tratado de Versalles, la Unión Soviética y el comunismo nunca se habrían apropiado de China y Alemania no se habría visto ofendida con las sanciones económicas impuestas injustamente sobre una población civil inocente y la historia, hoy, sería muy diferente para todos ellos. La Segunda Guerra Mundial habría terminado mucho antes –o no habría siquiera comenzado– si el mundo anglosajón hubiese plantado cara a la bestia transrenana a tiempo. Y si en lugar de plantear una Liga de las Naciones, padre y madre de modernas organizaciones absolutamente inútiles y pueriles como la ONU, la OTAN y la Unión Europea, hubiesen buscado unir a Europa a través de los valores clásicos, grecorromanos pero también judeocristianos, que constituyen su núcleo central, tal vez los nacionalismos habrían muerto hace tiempo y Rusia, un país cristiano y con un pasado histórico absolutamente europeo, no se sentiría hoy más cerca de una dictadura comunista asiática que de su vecino occidental. Y no olvidemos que ese desarme “mundial” –es decir, occidental, europeo– iniciado por la Liga de las Naciones es el responsable del desarme de la Ucrania moderna.

Si algo nos ha enseñado la historia es que la izquierda ha fracasado absolutamente. Fracasó con la sanguinaria Revolución Bolchevique y fracasó de nuevo con todas aquellas dictaduras que estableció a lo largo y ancho del planeta. Cierto, muchas de esas dictaduras perviven y son, desde este punto de vista, un éxito absoluto, pero han fracasado moralmente al no ser capaces de imponerse y mantenerse sin la fuerza del mismo látigo del Antiguo Régimen del cual querían separarse. Pero por encima de todo la izquierda ha fracasado a la hora de predecir el rumbo del mundo y de las motivaciones humanas.

En 2012 el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, Mitt Romney, advirtió del peligro geopolítico que suponía Rusia, a lo que su opositor el socialista Barack Obama le respondió con ignorante sarcasmo que “la Guerra Fría se acabó hace 20 años”. Pero Rusia invadió Crimea en 2014 bajo la presidencia de Barack Obama y se encuentra en estos momentos invadiendo el resto de Ucrania, nuevamente bajo la inacción de un auténtico demente, el presidente demócrata Joe Biden. Mitt Romney tenía razón y la izquierda se equivocaba.

Donald Trump es famoso por haber señalado a China como el nuevo enemigo, algo que repitió durante su primera campaña electoral y que nunca ha dejado de señalar, llegando a afirmar estos días que la crisis de Ucrania es la antesala de una invasión china de la isla de Taiwán, sede del gobierno en el exilio de la República China. La situación es sin duda similar –China ha afirmado, como hiciera Rusia hace unas semanas, que no tiene intención de invadir a su vecino, y los ciudadanos taiwaneses se muestran, como lo hacían hasta hace poco los ucranianos, seguros de que no habrá conflicto alguno–, pero no debemos olvidar que China no sólo mantiene a más de un millón de musulmanes en campos de concentración y ha llevado a cabo campañas masivas de esterilización de mujeres de etnia uigur, sino que durante los dos últimos años y aprovechando convenientemente la pandemia que ellos mismos crearon, ha tomado control efectivo de Hong Kong, encarcelando, asesinando y violando a opositores y opositoras sin que esa izquierda feminista, antirracista y antifascista se haya pronunciado en absoluto al respecto. Nuevamente, Trump tenía razón y la izquierda se equivocaba.

Es posible que en los próximos meses o, si Putin es tan buen estratega como parece, en los próximos años, Rusia decida expandirse más allá de las provincias “separatistas” ucranianas, arremetiendo contra Moldavia y amenazando las fronteras de países como Rumanía, Polonia o las repúblicas bálticas. Y si nadie decide pararle –¿y qué se puede esperar de una Europa pacifista cuyo futuro energético depende de Rusia y cuya batalla más importante es la discusión de pronombres de género?–, ¿quién evitará que China ataque Taiwán y otros territorios de Asia de los que la mayoría de nosotros nunca ha oído hablar? A día de hoy China mantiene disputas territoriales con diecisiete países. En comparación, nótese que hace frontera únicamente con catorce.

Y no debe olvidarse Irán y el Oriente Medio, ese gran enemigo de Israel y de Occidente estratégicamente colocado entre Rusia, China y Europa. Resulta extremadamente curioso que todos aquellos países de los que nos hemos vuelto absolutamente dependientes representen la antítesis de nuestros valores más profundos: dependemos del gas de Rusia, del petróleo de Irán y del mercado de baratijas inútiles a un euro que nos proporciona China. Ellos han sabido exportar sus productos con más éxito que nosotros hemos exportado los nuestros, es decir, las ideas de democracia, tolerancia religiosa y libertad económica sobre las que nuestra civilización –la civilización– se sustenta. Tal vez valga recordar esa carta del futuro que recoge satíricamente Mark Steyn en su libro, After America, escrito en 2011, pero completamente actual:

En Moscú, Vladimir Putin, autoproclamado de presidente a zar de facto, decidió que ya era hora de reconstituir el antiguo imperio y comenzar a re–colgar el Telón de Acero; no de manera formal, no de manera inicial, sino como una esfera de influencia de la que los yanquis se mantendrían alejados. Rusia, como China, era demográficamente débil, pero geopolíticamente agresiva. La Europa que el nuevo zar preveía era no sólo energéticamente dependiente de Moscú, sino también desde el punto de vista de la seguridad. De ahí su malicioso apoyo a un Irán nuclear, puesto que los mulás con armas nucleares servían a las ambiciones rusas para restaurar su hegemonía en la Europa del Este. Tan sólo Washington estaba sorprendida de cuán lejos se extendía la Europa del “Este” en la época en la que se consolidó Moscú. En un mundo inestable, los rusos se ofrecieron como sindicatos de protección en los que podrías confiar, y había bastantes interesados en aceptar el chantaje cuando cada ciudad europea estaba al alcance de Teherán y otros locos. Miradlo desde su punto de vista: mientras el “poli bueno” que era América se retiraba a su comisaría, quedaba por salir el “poli malo” que todavía tenía cierta credibilidad cuando se trataba de partir cabezas.

Si algo nos ha enseñado la historia, en definitiva, es que nada hemos aprendido de ella. Y no parece que vayamos a hacerlo pronto.


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