La izquierda anticapitalista de hoy sólo defiende el nihilismo aleatorio y peligroso

El movimiento ecologista ha sido infiltrado por activistas sin una agenda coherente

Janet Daley

Publicado originalmente en The Telegraph, 17/7/2021.

Hubo un tiempo en que entendía el porqué de la infiltración política. Como joven activista de izquierdas a la que animaban a unirse a cualquier movimiento emergente a favor del cambio político o de la reforma social, recibía instrucciones muy específicas: señalar siempre que la injusticia subyacente del sistema capitalista era la causa principal de cualquiera que fuera el agravio detrás de esa campaña. Hacer uso de los principios fundamentales de la ideología marxista para educar tanto a quienes participaban en la acción de protesta como al público en general cuya simpatía podría despertarse. Sobre todo, trata de involucrarse en los aspectos de las actividades de perfil más alto y dignos de ser noticia. Si es posible, sé designado (o desígnate a ti mismo) como portavoz.

La idea básica era propagar el principio, siempre que surgiera la oportunidad, de que todos los descontentos e injusticias de la sociedad podían atribuirse a los males del capitalismo. Usando las herramientas dialécticas que proporciona la teoría marxista, podrías demostrar que el socialismo radical –la abolición de la propiedad privada y de los mercados libres– era el único antídoto genuino contra cualquier maldad humana o injusticia sistémica bajo escrutinio.

Aquellos camaradas que pertenecían a las agencias oficiales del Partido Comunista estaban bajo estricta disciplina a cargo de las autoridades soviéticas. Aquellos de nosotros con una persuasión trotskista más separatista (cuyas organizaciones siempre incluían la palabra “internacional” en sus nombres para distinguirlas de la herejía estalinista del “socialismo en un solo país”) teníamos un poco más de margen para la espontaneidad y creo que los maoístas (quienes se autodenominaban “marxista-leninistas” por razones que siguen siendo oscuras) trabajaban prácticamente por cuenta propia.

Pero todos teníamos una idea bastante clara de hacia dónde se suponía que iba esto. La presentación de una alternativa anticapitalista era explícita y, en sus propios términos, coherente. El objetivo era reemplazar los mercados libres y la propiedad privada por una economía planificada dirigida por lo que sería ciertamente, al menos en primera instancia, una dictadura: “la dictadura temporal del proletariado”. El primer paso en este proceso era persuadir a la población en general de que la democracia y las libertades que parecía otorgar eran una farsa mientras “el pueblo”, es decir, el Estado, no poseyera ni controlara las palancas de la economía.

Huelga decir que cambié de opinión por lo que respecta a todo esto, al igual que la mayoría (pero no toda) de la izquierda organizada en Occidente. Pero todavía puedo ver que había una especie de lógica en este programa: había siempre un sentido preciso de cuál era el objetivo y qué tipo de sistema se proponía para reemplazar el actual. Lo que me lleva a esa ola completamente diferente de infiltración anticapitalista que ahora está arrasando con casi todos los movimientos de protesta dignos de publicidad.

Por mucho que lo intente no puedo discernir qué proponen los ejércitos neo-anti-capitalistas, que tan triunfalmente han tomado el control de las campañas sobre el cambio climático o el antirracismo, como alternativa a la economía de libre mercado. Por supuesto, es plausible afirmar que el afán de lucro capitalista induce a un tipo de rapacidad que ignora las amenazas al medio ambiente o que explota a las minorías raciales, pero esas tendencias pueden ser controladas o mitigadas por gobiernos democráticos siempre que cuenten con el consentimiento de sus poblaciones. Y ese consentimiento se puede lograr mediante argumentos persuasivos dentro de la arena política existente, como de hecho, ya se ha hecho en gran medida.

Pero aquí es donde el anticapitalismo difuso y notablemente ignorante de los infiltrados de hoy deja atrás el viejo modelo.

¿Cuál es su plan final? ¿Qué están proponiendo exactamente como orden social y económico alternativo? Por lo que puedo ver, en el caso del ala más extrema del movimiento por el cambio climático, el único resultado moralmente aceptable sería una especie de comunismo primitivo preindustrial (incluso preagrícola) tal como lo practican los pueblos cazadores-recolectores. Esos manifestantes de la “Extinction Rebellion” que bloquean puentes y obstruyen el sustento de la gente común, ¿tienen alguna idea de lo desagradable, brutal y corta que era la vida en ese paraíso inocente que presumiblemente idealizan? O eso debemos suponer, ya que no nos han dado ningún detalle sobre otros posibles modelos.

¿Abogan por la propiedad estatal de los medios de producción o no? ¿Quieren abolir todo beneficio privado o no? ¿Ven lugar alguno para la innovación empresarial en el control del cambio climático o están a favor, como parece, de cerrar la producción industrial y las libertades personales en lugar de desarrollar tecnologías que reduzcan los efectos dañinos? ¿Quién sabe?

Todo lo que vemos son estallidos aleatorios y nihilistas de obstrucción sin sentido que no ofrecen otra cosa que la perturbación de lo que es, por el momento, lo más esencial de la vida moderna. Esto es más anarquista que socialista: su antecedente no es la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, sino el asesinato del archiduque Fernando que desató la Primera Guerra Mundial.

Después tenemos el tema tremendamente sensible del antirracismo, cuya misión original ha sido invertida por el movimiento Black Lives Matter. El gran movimiento por los derechos civiles, que comenzó en las iglesias bautistas del sur de los Estados Unidos como una fuerza de integración y tolerancia, es ahora prácticamente irreconocible. De hecho, su personificación original fue cuestionada hace ya mucho tiempo por los movimientos más militantes del poder negro. Pero lo nuevo aquí es la inyección de un elemento que garantiza, por su carácter irreconciliable, que nunca podrá llegarse a un acuerdo: una culpa histórica por el pecado original de la esclavitud en la que toda persona blanca debe participar y para la que nunca podrá haber redención. Esto tiene poco sentido histórico dentro del contexto estadounidense, puesto que la gran mayoría de las personas que ahora viven en los Estados Unidos descienden de inmigrantes que llegaron mucho después de que se aboliese la esclavitud; pero incluso si se acepta la idea de una culpa colectiva heredada, ¿cuál es la solución propuesta? ¿Más odio? ¿Divisionismo arraigado? ¿Recriminaciones interminables? ¿Y cómo nos ayudará a salir de eso el fin del capitalismo y la prosperidad masiva que permite?


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