Sin enemigo contra el que luchar, el Occidente del auto-odio se ha vuelto contra sí mismo

Janet Daley

Publicado originalmente en The Sunday Telegraph, 19/12/2021, pág. 16.

Nuestras respuestas al COVID y al cambio climático han sido religiosas: redención frente a la culpa por nuestro éxito.

Tal vez algún futuro Edward Gibbon escriba una voluminosa crónica de la decadencia y caída de la democracia occidental, asumiendo que el concepto de historia o, mejor todavía, la alfabetización, sobreviva una generación más.

Tal vez algún día se realice un estudio desinteresado de los extraños eventos que condujeron al colapso de una cultura política que, en su día, creía ser invencible. En concreto, cabe señalar que fue sorprendente que esta catastrófica desintegración ocurriese tan sólo unas pocas décadas después del transcendental triunfo de este sistema sobre su adversario más importante. Esta victoria pareció tan absoluta que muchos creyeron que se trataba del fin de la historia: ninguna sociedad llegaría jamás a producir otra solución al problema del gobierno humano que pudiese ser más universalmente aceptable.

Con la memoria de ese gran logro todavía viva, los principios que ofrecieron libertad y prosperidad a las masas y la posibilidad de felicidad personal a una escala sin precedentes están siendo atacados: no por un enemigo exterior, sino por las instituciones y funcionarios de las naciones que los personifican.

¿Qué está ocurriendo aquí? Hay algo tan claramente neurótico sobre esta obsesión autoflageladora con la culpa histórica, tan obviamente absurda en lo que respecta a la negación de hechos básicos de la condición humana (como el sexo biológico), tan desafiantemente perversa al socavar deliberadamente el significado de las palabras (“libertad de expresión es discurso del odio”), que debe ser patológica: una crisis nerviosa colectiva.

Pero, podría argumentarse, la aceptación de semejantes sandeces está restringida a esferas particulares: las agencias culturales e instituciones académicas en manos del Estado. La mayor parte de la gente las encuentra exasperantes o idiotas y cree que tienen poco que ver con sus vidas (por supuesto, se equivocan en esto último). Pero lo que es más desconcertante en cuanto que no parece directamente conectado a ello es que el aumento de la sinrazón en el cuerpo público coincide con lo que parecen ser eventos naturales apocalípticos: una pandemia de proporciones horrorosas, así como una amenaza a la existencia misma de El Planeta por el cambio climático. Si alguna vez hubo una combinación de circunstancias diseñadas para crear histeria colectiva –un regreso a los niveles medievales de impotencia supersticiosa– tendría que ser ésta.

Ahora bien, podría parecer que los fenómenos naturales –la plaga y los cambios medioambientales– no son en modo alguno parecidos a esos movimientos sociales que sí son irracionales. No son constructos intelectuales fabricados por movimientos políticos: se basan en hechos objetivos de un modo que conceptos como, por ejemplo, el “privilegio blanco” no lo hacen. La amenaza que (re)presentan es de un tipo diferente.

Aceptemos por un momento que esto es absolutamente cierto: que el cambio climático y la pandemia de COVID son fenómenos incuestionables, tal y como los describe la doctrina oficial adoptada por prácticamente todos los gobiernos occidentales. Incluso si aceptásemos esto, hay algo muy extraño en unas sociedades tan altamente desarrolladas, seguras y tecnológicamente sofisticadas que renuncian a sus actitudes y valores fundamentales para hacerles frente.

¿Por qué los únicos remedios que nos ofrecen contra el cambio climático pasan por aceptar primeramente una culpa ilimitada por el desarrollo de los procesos que han hecho la vida moderna –con todo su potencial para mejorar la salud y el bienestar social– posible para tantos? En efecto, ¿por hacer que las ventajas que otrora sólo los ricos podían disfrutar –como casas con calefacción y suficiente comida– sean accesibles para la mayor parte de la gente?

En lugar de concentrar la investigación y experimentación en adaptarnos a los cambios que el calentamiento global pudiera producir, se nos enseña a mortificarnos por nuestra responsabilidad moral en los mismos. Antes de que podamos comenzar a abordar las consecuencias prácticas de estos cambios, debemos purgarnos de nuestra culpa heredada. Y ese castigo autoinfligido precisa renuncia: no sólo aceptamos el pecado original, sino que debemos abstenernos de volver a semejantes niveles de indulgencia. La prosperidad generalizada es la culpable de esta maldición, por lo que debe ser abolida.

Los activistas medioambientales más activos afirman esto explícitamente. La vida futura tendrá que ser mucho menos cómoda, mucho menos variada, mucho menos “derrochadora” en comodidades a las que estamos acostumbrados. ¿Qué es esto sino un voto de pobreza secular? ¿En qué modo encaja esta prescripción antimaterialista, antiopulencia y antihumana con lo que ha sido, hasta muy recientemente, el principal objetivo del progreso occidental, es decir, aumentar los niveles de vida de tantas personas como fuera posible? Se trata de una transformación muy extraña de lo que ha sido tan vital para el pensamiento moderno de Occidente y, en gran medida, no ha sido todavía cuestionada.

¿Y qué sucede con la pandemia? Sin duda se trata de una realidad indiscutible. Se cobra un gran número de víctimas y, mientras tanto, hace peligrar las instalaciones de sanidad pública que han sido uno de los grandes rasgos distintivos de los países progresistas. Pero la celeridad con la que los gobiernos democráticos se han otorgado poderes que ni siquiera las modernas sociedades totalitarias han impuesto –interviniendo en las relaciones personales de la forma más íntima y dañina– implica algo más que una simple urgencia práctica. Todavía más, la emergencia se consideró tan alarmante que estaba justificado cerrar el debate crítico. Cualquier crítica a las soluciones impuestas, incluso cuando ésta llegaba de expertos con opiniones alternativas, tenía que ser eliminada. Todo en nombre de “seguir a la ciencia”. Pero resulta que la ciencia moderna sólo pudo florecer y progresar bajo unas condiciones que favoreciesen el libre pensamiento y el debate. Todo el proceso de indagación científica se basa en la posibilidad de argumentar. Un culto a la autoridad científica que no permite oposición es una farsa. De algún modo todo esto –la evidente absurdidad de los movimientos contra la libertad de expresión y la clausura de toda posibilidad de elección y libertad como respuesta al peligro– tiene un denominador común. El auto-odio, el autodesprecio, lleva a un rechazo de lo positivo en favor de lo inexorablemente negativo. La aceptación de una culpa colectiva, imposible de erradicar, nos hace indignos de los privilegios que nuestra exitosa sociedad produce. Nos merecemos este castigo. Así pues, ¿qué podría incluir esa futura crónica? ¿Que Occidente ganó la guerra de las ideas, pero no podía vivir sin un enemigo mortal, por lo que se volvió contra sí mismo?


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