¿Es necesaria una dictadura para detener el cambio climático?

La respuesta a esta capciosa pregunta debería ser evidente para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento, no ya de la historia de la humanidad en general, sino del s. XX y de los recientes acontecimientos allende nuestras fronteras occidentales, en los países que precisamente tienen los gobiernos más autoritarios del mundo.

Así, China es, con su política autoritaria, el país que más contamina, seguido de muy lejos por Estados Unidos, la India y los veintisiete países de la Unión Europea. En otras palabras, la autoritaria China contamina más que los otros veintinueve países que más contaminan, todos ellos más libres que China y, en el caso de Estados Unidos y la Unión Europea, democracias fuertemente consolidadas. No deben olvidarse tampoco los desastres medioambientales de la autoritaria Unión Soviética, modelo de progres obsesionados con el cambio climático y las restricciones pandémicas: este país no sólo fue responsable de un hito medioambiental, la desecación del cuarto mayor lago del mundo, el gigantesco Mar de Aral, sino también del mayor desastre nuclear de la historia, Chernóbil, que afectó un área de 162.000 km2 sólo en Europa (Grecia, en comparación tiene 132.000 km2) y que todavía provoca muertes por cáncer entre las personas que se vieron afectadas de forma indirecta.

¿Puede una crisis justificar una dictadura? Sería interesante plantear esta cuestión a los herederos del “pucherazo” del Frente Popular.

Es o debería ser vox populi cómo las medidas “ecológicas” chinas comunistas para acabar con el hambre a través de la nacionalización de las granjas, la creación de comunas, la colectivización de las tierras y en especial el Exterminio de las Cuatro Pestes tuvo como resultado la muerte por inanición de entre 15 y 55 millones de personas entre 1958 y 1962. Entre 1933 y 1945, la crisis era en la Alemania nazi la “cuestión judía”. En los años 1990 hubo una crisis de masculinidad en China que tuvo como resultado el internamiento de homosexuales en hospitales psiquiátricos, una práctica que ha sido retomada, junto a las “terapias de conversión”, en los últimos dos años con motivo de una nueva crisis de masculinidad, esta vez importada de Corea y Occidente. Tampoco deben olvidarse los dos millones de musulmanes internados en campos de concentración chinos y los cientos de miles de mujeres allí sometidas a esterilizaciones forzadas para acabar con su etnia, todo ello en nombre de una supuesta “crisis islámica”, a pesar de que China nunca ha vivido ni un 11-S, ni un 11-M, y que las mayores masacres las ha cometido precisamente su propio gobierno.

Y no olvidemos que la actual crisis sanitaria tiene su origen en la autoritaria China, bien por incompetencia bien por ocultación, como ya ocurriera con el SARS en 2002 y, poco después, en dos ocasiones en 2004, cuando el virus escapó de un laboratorio en la ciudad de Pekín.

Parece ser que si de verdad queremos hacer frente a futuras crisis –o, mejor aún, evitarlas– deberíamos dejar de alabar dictaduras asesinas y apostar por la libertad.

Un “régimen autoritario” puede ser necesario para detener el cambio climático, según un estudio de Cambridge

Jon Miltimore

Publicado originalmente en FEE.org.

Un reciente estudio en el American Political Science Review, una revista académica  trimestral con revisión por pares publicada por la Universidad de Cambridge, comienza con esta provocadora pregunta: “¿Puede ser legítimo el poder autoritario?”.

Para muchos, la respuesta es que, claramente, no, como recoge el autor del estudio, Ross Mittiga, profesor auxiliar de teoría política en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Pero Mittiga, en el resumen de su estudio, sugiere lo contrario:

«Si bien bajo circunstancias normales el mantenimiento de la democracia y los derechos es típicamente compatible con garantizar la seguridad, en situaciones de emergencia pueden y de hecho a menudo surgen conflictos entre estos dos aspectos de legitimización. Un ejemplo destacado es la pandemia de COVID-19, en la que severas limitaciones a la libre movilidad y asociación se han convertido en técnicas legítimas de gobierno. El cambio climático plantea riesgos todavía mayores para la seguridad pública. En consecuencia, argumento, la legitimidad puede requerir un acercamiento autoritario similar».

¿“Argumentando explícitamente en favor de un gobierno autoritario”?

Este estudio llamó la atención de Alexander Wuttke, estudiante de comportamiento político en el Universidad de Mannheim en Alemania:

“Por lo que he leído, se argumenta explícitamente que debemos poner las medidas climáticas por encima de la democracia y adoptar un gobierno autoritario si las democracias fracasan a la hora de actuar contra el cambio climático.

Estoy realmente intrigado por los orígenes de esta intuición antidemocrática que parece encontrarse detrás de todo ese gran esfuerzo por explorar la cuestión de si debemos sacrificar la democracia en aras de un bien superior.

El artículo sostiene que las crisis no sólo pueden legitimar, sino que pueden necesitar de un gobierno autoritario. Esto no es cierto. Algunas democracias han luchado contra la pandemia sin dejar de ser democráticas.”

¿Evitan las naciones “menos legítimas” el gobierno autoritario?

Mittiga afirma haber sido malinterpretado. No obstante, la pandemia de COVID-19 ha tenido como resultado de manera evidente “severas restricciones en movilidad, asociación, prácticas religiosas e incluso en libertad de expresión”, las cuales son en su totalidad, Mittiga continúa, “de naturaleza autoritaria, aunque, según defiendo, a menudo han sido legítimas”.

Mittiga explica que los gobiernos que han evitado tomar medidas autoritarias para mitigar la amenaza de la pandemia de COVID-19 son vistos como “menos legítimos (piénsese en los gobiernos de Trump y Bolsonaro)”.

“Creo que lo mismo sucede con respecto al cambio climático. Aquellos gobiernos que pueden, mas no desean enfrentarse a la crisis climática, que supone una de las mayores amenazas a la seguridad contra las que nos hemos enfrentado son, por esa razón, menos legítimos”.

La lección de las crisis

Si bien la propuesta de Mittiga puede ser considerada miope y peligrosa, sus argumentos poseen una cierta lógica. Si los gobiernos “legítimos” hacen uso de políticas autoritarias para combatir una pandemia mortal que supone un peligro genuino para la humanidad, ¿por qué no deben hacer uso de medidas autoritarias para combatir el cambio climático, que según se afirma supone una amenaza incluso mayor?

Existe un meme popular entre libertarios:

Si dejas que lo políticos quebranten la ley durante las crisis, crearán una crisis para quebrantar la ley”.

Por muy cínico que parezca no deja de ser cierto. Los elementos progresistas siempre se han sentido frustrados por el sistema americano, diseñado para dispersar el poder centralizado, algo que siempre se ha temido. Así, en palabras de James Madison, filósofo y Padre Fundador de los EE. UU., en sus The Federalist Papers,

“La acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, en las mismas manos, ya sea de una persona, de unas pocas o de muchas, y ya sea hereditario, autonombrado o electivo, puede ser con justicia declarado definición exacta de tiranía”.

Por esta razón los Padres Fundadores crearon un sistema federal (descentralizado) con numerosas salvaguardas y compensaciones. Ese sistema sobrevivió obstinadamente durante generaciones, pero a lo largo del s. XX estas salvaguardas y compensaciones se han ido erosionando, antes esporádica que lentamente.

En su libro Crisis and Leviathan, el economista Robert Higgs señala la existencia de un patrón en la erosión de los límites constitucionales sobre el poder: siempre ocurren en crisis. En el 2020, esta crisis fue la pandemia, que resultó en confinamientos y las infracciones más generalizadas a la libertad en la historia de los EE. UU. (curiosamente ese 1% privilegiado acumuló un porcentaje de riqueza récord).

Mittiga no se equivoca al afirmar que la pandemia ha tenido como consecuencia “restricciones [autoritarias] sobre los derechos de movilidad, asociación, práctica religiosa e incluso libertad de expresión”. Pero no parece darse cuenta de que esto es parte del patrón. Pues como afirma Higgs, la erosión de las libertades civiles y los mayores asaltos del poder en la historia suceden en períodos de crisis.

La Primera Guerra Mundial trajo el servicio militar obligatorio, ataques a la expresión considerada “traidora”, propaganda gubernamental sin precedentes, la escalofriante Redada Palmer y mucho más. La Gran Depresión dio origen al New Deal. La Segunda Guerra Mundial trajo (de nuevo) el servicio militar obligatorio, los campos de confinamiento japoneses y mucho más. Corea la nacionalización de las acerías. El 11-S engendró la Guerra contra el Terrorismo y la Ley Patriótica.

Estos no son los únicos ejemplos. Lo importante es que las crisis han servido, históricamente hablando, como catalizadores para los gobiernos autoritarios y, como afirma Higgs, el poder resultante de las emergencias a menudo persiste mucho después de que la emergencia haya disminuido.

Higgs se refiere a este fenómeno como el “efecto trinquete”, según el cual los gobiernos son como una rueda dentada o trinquete: carecen de la voluntad o habilidad para hacer retroceder el poder burocrático fortalecido como resultado de necesidades supuestamente temporales, dando crédito a la profética advertencia de James Madison de que un pueblo libre debería ser prudente a la hora de protegerse contra “el viejo truco de convertir cada contingencia en un recurso para acumular fuerza gubernamental”.

Nada de esto significa que el cambio climático o la pandemia de COVID-19 no sean un problema serio, de la misma manera que se puede decir que la Gran Depresión, la Primera Guerra Mundial, los ataques del 11-S o la Segunda Guerra Mundial no fueron problemas serios.

Cada uno de estos sucesos fue real y tuvo sus consecuencias. Ninguno de estos sucesos, sin embargo, justificaba un gobierno autoritario o la violación de las libertades civiles.

Una lectura simplemente concisa de nuestra historia nos muestra que siempre habrá una crisis, conflicto o catástrofe a la vuelta de la esquina que será utilizada como pretexto por aquellos en el poder para violar las libertades que los gobiernos supuestamente deben proteger.

Y si no la hay, ten por seguro que la encontrarán.


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