¿Hay Covid19 más allá de nuestras fronteras?

Durante los años sesenta del siglo XX, el Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga acuñó la expresión Spain is different con el fin de atraer al turismo extranjero. Esta frase, de gran calado en su momento, no tenía, por supuesto, una connotación negativa, sino que pretendía, por el contrario, destacar el carácter esencialmente distinto de la España representada con tintes despectivos en el resto de Europa. Hoy en día, sin embargo, este lema podría ser utilizado con un sentido completamente diverso si lo que deseamos es describir lo que está sucediendo en el país a raíz de la denominada “crisis del coronavirus” o “pandemia”.

En efecto, resulta cuanto menos sorprendente constatar cómo, en la era de las redes sociales, el pueblo español puede vivir completamente aislado de la realidad gracias al tremendo poder de unos medios de comunicación, cuya principal misión parece ser la propagación indiscriminada y constante del miedo a un supuesto virus presuntamente mortal que conduce directamente a la UCI y de ahí a la caja de pino.

De hecho, el pueblo español se encuentra sumido en una catatonia mental, en un miedo tan atroz, en una parálisis tan aguda que incluso cuando su gobierno le dice que puede quitarse la mascarilla al aire libre, éste se niega a obedecer, en un acto de hipocondría y terror, que le conduce además a condenar, insultar y puede que incluso en breve a atacar a los que no tienen miedo y caminan tranquilamente por la calle sin mascarilla, respirando aire puro.

Que lo que pasa en España no es en absoluto normal, lo puede juzgar cualquier persona que todavía piense con su propio cerebro y no con el de la televisión, así como todo el que haya podido salir de las fronteras del país y ver cómo se comporta el resto del mundo en medio de esta supuestamente terrible pandemia de coronavirus.

Para ello, nos complace poder ofrecer el testimonio de personas que han podido viajar en los últimos meses por tres países europeos: Polonia, Lituania y Holanda. Ellas nos prueban que lo que sucede en España no es en modo alguno racional y que, en efecto, lo que aquí se está realizando nada tiene que ver con una cuestión sanitaria, sino de ingeniería social, de transformación radical de una sociedad, cuya finalidad parece ser la deshumanización completa del hombre, la eliminación de todo lo que define al ser humano como son el rostro, la palabra y el contacto físico.

POLONIA

A Polonia tuve ocasión de viajar a principios de abril. Mi primera impresión al llegar al aeropuerto fue el hecho de que, si bien todo el mundo llevaba mascarilla, ésta no se tenía hasta casi los ojos, como sucede en España, sino que mucha gente iba con la nariz al descubierto, pues era su deseo respirar libremente. Ya fuera del aeropuerto, en Polonia entonces se podía ir ya sin mascarilla al aire libre. Nadie te miraba mal y cada uno iba como quería: con o sin ella puesta.

En el transporte público, aunque se escuchan insistentemente los mensajes de obligatoriedad del uso “correcto” de la mascarilla, el polaco medio quiere respirar y, a pesar de que al principio se observaba que mucha gente la llevaba puesta, e incluso “bien” puesta, con el paso del tiempo y, sobre todo, con el aumento de las temperaturas, no es sorprendente observar cómo no sólo el conductor, sino también un número nada despreciable de pasajeros o bien va con la mascarilla medio bajada o bien simplemente sin ella. En ningún momento he visto ni que un conductor, ni un revisor (ya fuera de tren, de metro, de autobús o de tranvía) llamara la atención a los pasajeros por el uso incorrecto o el no uso de la mascarilla.

En el centro de la ciudad de Varsovia, ya el primer día pude observar que casi nadie llevaba la mascarilla puesta. Lo que sorprende y choca sin duda al español es ver que no llevan mascarilla ni las fuerzas de seguridad, ni los sanitarios que van en las ambulancias, ni los bomberos, ni los conductores en general, ni nadie que tenga que desarrollar su actividad al aire libre.

Todo el mundo se comporta de manera normal, no hay ningún tipo de separación física, ni de paranoia de potencial contagio del prójimo. Y como tal se comportan los polacos no sólo en los espacios abiertos, sino también en los cerrados. Así, por ejemplo, en las tiendas, si bien se pueden encontrar en las entradas gel hidroalcohólico e indicaciones de que hay que llevar la mascarilla puesta, los primeros que hacen caso omiso de estas directrices son los dependientes. Tanto el uso del gel como de la mascarilla se deja a discreción del cliente, quien en la mayoría de los casos los ignora. Lo mismo se puede contar de las farmacias (donde la mayoría de los farmacéuticos no llevan ni exigen el uso de la mascarilla), restaurantes o cafés. La única excepción a esta norma de profunda normalidad social se halla en los restaurantes o cafés que se encuentran o bien las zonas turísticas o bien en los grandes centros comerciales y, aun así, siempre es posible toparse con excepciones.

En cines, teatros, óperas y filarmónicas existe la obligatoriedad del uso de la mascarilla, es posible que tomen aleatoriamente la temperatura de los visitantes y que se tenga que rellenar un documento por si hay que realizar un rastreo. Aun así, no es difícil observar que ese uso de la mascarilla dista mucho de ser el correcto, siendo quitada rápidamente tras la finalización del acto que se ha ido a ver o a escuchar. Son muy pocas las personas que salen de un cine, un teatro o un centro cultural con la mascarilla puesta.

En centros sanitarios, hospitales o clínicas, aunque existe la obligatoriedad de la mascarilla, no es raro encontrar médicos o enfermeros que no la lleven, sin que se pueda encontrar posteriormente a nadie muerto en los pasillos.

Aun a pesar de todas estas libertades que existen en Polonia y que pueden escandalizar al español medio asiduo de telediarios y programas de entretenimiento, también es necesario señalar que la vacunación, aunque no es en absoluto obligatoria, se está estableciendo cada vez más como un requisito para ciertos grupos profesionales. Qué es lo que pasará finalmente, se sabrá a partir de septiembre-octubre cuando se reabran las escuelas y las universidades.

Mientras tanto, es de justicia concluir que, a día de hoy, finales de agosto de 2021, en Polonia, país que en la prensa “occidental” es presentado como autoritario y retrógrado debido a su gobierno conservador y católico, se respira libertad, tolerancia y se permite que el individuo pueda hacer con su salud lo que él considere oportuno, es decir, el polaco medio convive en completa normalidad con el mortal virus que tiene atemorizado a España. Último testimonio significativo de ello es que en el avión que me trajo de vuelta a España gran parte de los polacos iban sin mascarilla o con ella bajada durante el vuelo. Los españoles, sin embargo, con ella bien puesta. Por suerte, la tripulación era parcialmente polaca y no española. Eso facilitó que los polacos (y los españoles que todavía tenemos neuronas en el cerebro) pudieran (pudiéramos) respirar y viajar tranquilos y con la cabeza bien oxigenada de Polonia a España.

LITUANIA

Cuando se me propuso la idea de viajar a Lituania he de reconocer que acepté no sin reservas. Si bien el pueblo lituano, a diferencia del español, ha salido a la calle a protestar por las medidas represivas contra el Covid19, también es cierto que al querer alejarse de la órbita rusa (soviética) tiene una tendencia bastante acentuada a querer ser “europeos” y, entre los tres estados bálticos, quizás sea uno de los más “occidentalizados”, junto con Estonia. No obstante estas premisas, lo que uno puede encontrar en Lituania es una situación bastante relajada en lo que se refiere a la locura que se halla en España.

Aun cuando oficialmente es necesario presentar un test o estar vacunado para entrar al país, esta obligación no se cumple cuando cruzas la frontera por tierra. De hecho, ni siquiera tuve que soportar un control fronterizo: de Polonia a Lituania se puede viajar con total normalidad.

De hecho, son muchos los paralelos que se pueden establecer con Polonia: la vida en la calle es completamente normal e incluso en zonas turísticas el uso de la mascarilla es testimonial. Casi nadie lleva mascarilla.

En los centros comerciales, llevar mascarilla en principio es obligatorio, mas su uso es bastante relajado. Lo mismo sucede en tiendas, restaurantes, bares o cafés: ni los dependientes ni los dueños ni los camareros llevan mascarilla, ni la exigen. El trato entre el cliente y el vendedor o el camarero es completamente normal, humano.

En los hoteles no existe ningún control para poder entrar (como sucede, por ejemplo, en Alemania) y nadie lleva mascarilla. El único sitio donde he podido observar el uso de la mascarilla por parte del personal ha sido en el hotel Hilton de Vilnius, donde además pedían a los clientes que la llevaran puesta durante el desayuno, cuando iban al buffet: en el resto de hoteles del país, en absoluto.

En Lituania tuve ocasión de visitar la famosa costa báltica y estar en la playa. Allí no vi absolutamente a nadie que llevara mascarilla, ni había distancia de seguridad entre los bañistas ni locura de gel hidroalcohólico. Parecía una playa española antes del temible mes de marzo de 2020.

Y a pesar de todas estas libertades que se pueden disfrutar en Lituania, parece ser que su afán por adecuarse a los dictados de la agenda la llevan a poner como fecha de inicio de la instauración de la dictadura sanitaria el 1 de septiembre con la imposición de la vacunación obligatoria a determinados grupos profesionales. Si ésta y otras medidas represivas tendrán recorrido en el país, se observará en las próximas semanas.

Por último y para no concluir de manera catastrofista, ¿qué más se puede decir de Lituania? Pues que, a pesar de ser un país dominado en gran parte por la pobreza, sus gentes son extraordinariamente hospitalarias y abiertas, se puede comer muy bien, tienen buena cerveza y buen vino y sus mujeres constituyen sin duda alguna un ejemplo de belleza celestial.

HOLANDA

Tuve la ocasión de visitar las ciudades de Ámsterdam, Zaandam y Delft a finales de agosto, en plena quinta ola. Desplazarse por Europa en tiempos del coronavirus es una aventura casi rocambolesca debido en gran medida a la gran cantidad de inciertas y azarosas disposiciones que, de un día para otro, uno u otro país decide imponer sin más razón que el mero capricho a los viajeros allende sus fronteras. En el caso particular de los Países Bajos, lo primero que sorprende es que, si bien según las autoridades sanitarias y aeroportuarias tanto españolas como neerlandesas es obligatorio presentar un test PCR o un certificado de vacunación al llegar al país, además de rellenar dos formularios –una “declaración de salud” y otra de vacunación–, en la práctica, sin embargo, al acceder desde España a cualquier ciudad de los Países Bajos, ya sea por aire o por tierra, no existe control de ningún tipo: el viajero puede entrar y salir de ambos aeropuertos con absoluta normalidad, sin que se le requiera certificado o identificación en ningún momento.

Ya en el transporte público, sorprende que, a pesar de los anuncios de obligatoriedad de la mascarilla en el recorrido entre el aeropuerto y el centro de la ciudad, ni el conductor, ni los pasajeros holandeses llevan mascarilla. De hecho, una vez abandonado el aeropuerto de Ámsterdam, y con la sola excepción de los trenes de larga distancia, desaparece todo rastro de la misma. Así pues, ni la policía, ni el personal sanitario, ni los bomberos, ni mucho menos los dependientes, vendedores, cocineros o camareros, ya sea en hoteles, cafés, bares, restaurantes, supermercados o museos lleva mascarilla. Tan sólo en algunos locales asiáticos se da la excepción, únicamente por parte de los empleados, sin que sea necesario ni mucho menos obligatorio para los comensales entrar con tan innovador ajuar. Puede afirmarse sin miedo a equivocarse que las únicas personas que llevan mascarilla en las calles y locales de Ámsterdam y otras ciudades holandesas son turistas y, en su mayor parte, turistas españoles.

Por lo que respecta al gel hidroalcohólico, éste brilla por su ausencia, siendo sustituido en algunos lugares por un jabón espumoso blanco que ni daña la piel ni deja en nuestras manos ese extraño olor a aromas espiritosos que acompaña a la resaca. No es necesario decir que su uso no es en modo alguno obligatorio y que ningún dependiente o vigilante de seguridad vela coercitivamente por la pulsación del dosificador de jabón desinfectante.

En cuanto a las relaciones sociales, se aprecia la misma normalidad que en cualquier ciudad europea antes de la pandemia: la gente se saluda con normalidad y realiza todas sus actividades como si no hubiese virus alguno. Los empleados de los museos se ofrecen a hacerte una foto –o a hacerse una foto con alguna turista– sin mascarilla y sin lavarse compulsivamente las manos después de tocar tu teléfono móvil. En los mercadillos, tanto de libros como de comida, ropa o productos electrónicos, la gente toca y maneja con absoluta normalidad los artículos sin recurrir a gel hidroalcohólico alguno, sentándose a hablar con los vendedores, hojeando libros o jugando con los hijos de un vecino. Nuevamente, sin mascarilla, sin distanciamiento social, sin guantes, sin geles y, ante todo, sin miedo.

De hecho, tal es la situación en Holanda que es imposible dejar de sentir una sensación de vasta irrealidad al contemplar las medidas orwellianas vividas en España. Irrealidad que, tras un poco de reflexión, se transforma inevitablemente en asco y frustración. Y es que, ya desde un principio, una reflexión meditada sobre las medidas establecidas en los aeropuertos nacionales como consecuencia del Covid19 llevaría a cualquier persona cuya mente no esté idiotizada por la propaganda mediática a una de las siguientes dos conclusiones: o bien los integrantes de nuestro gobierno no están mentalmente capacitados para hacer frente a esta crisis sanitaria, o bien no hay crisis alguna.

En primer lugar, resulta interesante comprobar que un país en el que se tolera oficialmente el uso de drogas blandas, en el que la prostitución es legal y en el que la ciudadanía hace un uso absolutamente nulo de cualquier medida anti-Covid-19, desde mascarillas hasta distanciamiento social, no está en modo alguno sumido en un apocalipsis delictivo, moral o, especialmente, sanitario. Ni los canales están llenos de cadáveres flotantes, ni las ambulancias corren reiteradamente al auxilio de carraspeantes enfermos febriles desmayándose sobre sus calles. Nada más lejos de la realidad: la limpieza ejemplar de sus calles y canales y la cándida cortesía de sus ciudadanos demuestran que la libertad funciona mucho mejor que cualquier medida coercitiva.

Pero la mayor sorpresa no la encontramos en el modo en que otros países europeos, en mayor o menor medida alejados y ajenos a las políticas de totalitarismo reciclado de Ángela Merkel y la Unión Europea están viviendo esta “pandemia”, sino en esta esperpéntica picaresca berlanguiana que se vive en nuestras fronteras. Efectivamente, en los aeropuertos y dentro de los aviones españoles el uso supuestamente obligatorio de mascarillas FFP2 no es respetado ni por los propios empleados del aeropuerto, algo que, obviamente, ni sale en los telediarios ni será cognitio populi entre los asustados ciudadanos españoles que no se atreven a salir de sus casas, menos aún del país.

La picaresca continúa al regresar a España, momento en el que, por primera vez, se nos pide un certificado de vacunación después de aterrizar en nuestro país. Este certificado no es más que un mero control rutinario ante el que el viajero se enfrenta por primera vez con cierto pavor, pero cuyo protocolo evidencia que, o bien ha sido redactado por auténticos ineptos en cuestiones de salud pública, o es poco más que una tragicomedia destinada a entretener a los estupidizados zalameros que constituyen la mayor parte de la población española. Y es que este control consiste en una dinámica cola sin distancia de seguridad en la que unas señoritas van dejando pasar uno a uno a los viajeros tras comprobar que tienen su correspondiente código QR de vacunación/test de PCR. Ahora bien: si realmente estamos ante un temible virus cuyo avance aterrador es necesario contener a toda costa para salvar miles, millones de vidas inocentes; si realmente las autoridades sanitarias creen que hay una pandemia mortal y que es necesario vacunar a la totalidad de la población para evitar más infectados, ¿no debería realizarse este control antes del embarque o, incluso, antes de entrar al aeropuerto? O incluso así, ¿no debería comprobarse antes de dejar salir a uno sólo de los pasajeros que todos ellos disponen de este código QR y que, por tanto, ninguno de ellos corre riesgo de infectarse o infectar a otro?

Como Segismundo en La vida es sueño, el público español se haya encerrado en una torre despótica, bajo la custodia de una élite administrativa que afirma que su liberación conducirá a la destrucción del reino. Que pocos o ningún ciudadano español ponga en tela de juicio las afirmaciones contradictorias, ilógicas y absolutamente totalitarias de nuestros políticos corruptos y su harén de médicos y científicos subvencionados evidencia una vez más la depauperización intelectual y humana de nuestra sociedad y nos acerca a una realidad distópica cada vez menos imaginaria.


Una respuesta a “¿Hay Covid19 más allá de nuestras fronteras?

  1. Hace 15 años que me fui de España y te juro que lo tenia que haber hecho antes.Cuando comentas que los sueldos son 3 veces mayor en Francia ,la educación es gratuita etc,etc y no lo creen.Siempre me dicen lo mismo ,en Francia cierran los bares muy pronto.-Dicen que el miedo es libre,pero la ignorancia NO ,LA ELIGES TÚ.
    GRAN ARTICULO,MIL GRACIAS.

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