Dostoievski y el COVID19

Uno de los grandes temores de Arthur Schopenhauer cuando reflexionaba sobre su inminente muerte no era el hecho de que los gusanos pudieran devorar su cuerpo, sino que gente ignorante e inútil en cuestiones de pensamiento pudiera acercarse a su obra, interpretándola y difundiéndola de acuerdo a sus limitadas capacidades intelectuales.1

Si se analiza, aunque sea someramente, la bibliografía secundaria sobre el filósofo de Danzig, se observará que su miedo estaba más que justificado. Lo que sin embargo no podía imaginar el sabio alemán era el hecho de que, casi un siglo más tarde, no sólo los mercenarios de la Filosofía seguirían teniendo voz en cuestiones intelectuales, sino también que surgiría lo que José Ortega y Gasset bautizó como el «hombre-masa», es decir: el vulgo ignaro, incapaz de reflexión se convertiría, gracias a la cada vez más acelerada democratización de la sociedad, en el intérprete, más aún, en el juez indiscutible del pensamiento de los grandes hombres de la historia.

La agudización de esta tendencia en el hombre vulgar de aplanar todo lo que toca se vuelve más evidente en la época actual, en la que las redes sociales permiten expresar de forma indiscriminada cualquier ocurrencia al mismo nivel que un estudio elaborado por un especialista. Y, para ello, cualquier ocasión es idónea.

Desde marzo del 2020, el mundo occidental vive una experiencia única en su historia con la aparición de los confinamientos y la propagación del terror, del miedo y del pánico, no sólo en las calles, sino también en los hogares. Esta denominada «pandemia de coronavirus» ha sido un motivo más para acercarse a todo tipo de autores con el fin de comprender lo que está sucediendo a nivel planetario.2 Entre los distintos pensadores que se han visto utilizados en este sentido destaca Fiódor Mijáilovich Dostoievski.

Como si el escritor ruso no hubiera padecido suficiente manipulación y abuso intelectual, primero por parte de los exegetas místicos y los marxistas, luego por los filólogos y finalmente por la actual secta neo-ortodoxa rusa, ahora, gracias a las nuevas tecnologías y al nihilismo académico, se acerca a él cualquier medianía intelectual con pretensión de sentar cátedra.

Así, hay quien ha querido interpretar «la plaga 3 terrible, inaudita y sin precedentes, que venía desde las profundidades de Asia hasta Europa» y que enloquecía a los hombres, narrada en el epílogo de Crimen y castigo, como un anticipo de la aparición de un virus que procedería de Asia (en este caso, de Wuhán, China) y que enfermaría gravemente, cuando no mataría, a millones de seres humanos.

Esta falsificación, que no interpretación, de Dostoievski no es, por desgracia, marginal, sino que se inserta en toda una serie de historias semejantes inventadas tanto por aficionados como por supuestos expertos, que pretenden encontrar en el autor de El idiota una explicación a la situación «pandémica» actual.4

Digamos lo obvio ya: ni Dostoievski, ni ningún otro autor del pasado sirve como modelo para describir ni el supuesto origen de un presunto virus, ni menos aún el momento distópico actual que habría dejado literalmente estupefacto a George Orwell, Aldous Huxley o Ray Bradbury.

Ahora bien, si queremos «utilizar» a Dostoievski para comprender dónde estamos, si queremos explicar el presente con conceptos dostoievskianos, para ello en primer lugar habrá que contemplar la situación actual no desde los cánones oficialistas, sino con una mirada crítica y holística de lo que ha sucedido en Occidente desde marzo del 2020 hasta nuestros días.

A continuación, habrá que acudir no a sueños producto de un delirio enfermizo, sino a «El Gran Inquisidor» de Dostoievski, el poema, que no leyenda, que Iván Karamázov relata a su hermano Aliosha y que constituye una explicación metafórica del presente, así como del futuro inmediato de la humanidad.

La historia que se narra en este poema es harto conocida.5 En ella, Dostoievski cuenta la vuelta de Cristo a este mundo con el fin de «visitar a sus hijos por un momento» en la Sevilla del siglo XVI, «en los tiempos más pavorosos de la Inquisición». El Salvador aparece entre «el pueblo atormentado, sufrido, hediondamente pecaminoso», quien lo reconoce al instante, y realiza toda una serie de milagros, entre los que destaca la resurrección de una niña de siete años. El Gran Inquisidor observa toda la escena y ordena su inmediato encarcelamiento. Ya en el calabozo, el Gran Inquisidor se encara con Cristo reprochándole su ingenuidad en lo relativo a su concepción de la libertad del hombre, recriminándole que él ha tenido que reparar su obra bajo tres principios: la autoridad, el misterio y el milagro. Jesús escucha atentamente el discurso del anciano inquisidor sin decir una palabra, siendo su única respuesta un profundo beso en «sus exangües labios nonagenarios». Finalmente, el Gran Inquisidor lo libera, mas con la orden de que no vuelva nunca jamás (pág. 421).

El mensaje de este poema que Dostoievski dirigió contra el catolicismo, pero esencialmente, como él mismo confiesa en diversos lugares, contra el socialismo es la denuncia de los regímenes totalitarios que, bajo la premisa de saber qué es lo que le conviene al pueblo y en nombre del «bien común», lo tienen sometido a su voluntad.

Y, con todo, conviene hacer la siguiente salvedad: el Gran Inquisidor en ningún momento se ofrece a reparar la obra de Cristo por un deseo explícito de poder, de riqueza o por odio a la humanidad (págs. 413-414 y 417-418). Antes bien, al contrario: de ahí la profunda respuesta simbólica de Cristo y el hecho de que el primer oyente de este poema, Aliosha Karamázov, reaccione sosteniendo que no se trata de una afrenta, sino de una alabanza a Cristo (pág. 418).

Una realidad completamente diferente aparece ante nosotros, no obstante, si extrapolamos esta creación literaria de Iván Karamázov al presente. Así, se constata la existencia de una «oligarquía» que ante el pueblo se ufana de tener acceso y gestión exclusiva de un conocimiento que permanece oculto a los demás: el origen de un virus, su tratamiento y su cura.

El dominio de esta «oligarquía» sobre la población se basa en la diseminación del miedo a través de todos los medios de comunicación disponibles (televisión, radio, prensa, redes sociales). El nivel de paralización mental y física, así como la paranoia colectiva provocada por este miedo tiene como resultado que se entregue voluntariamente la libertad en nombre de la seguridad. Ahora bien, ¿de qué tipo de seguridad estamos hablando? Y lo más importante: ¿seguridad ante qué?

Aquí es donde entran en juego los tres conceptos claves del poema de Iván Karamázov, es decir, las tres fuerzas en la tierra «que pueden vencer y cautivar por los siglos de los siglos la conciencia de estos canijos rebeldes por su propia felicidad» (pág. 411):

La autoridad: simbolizada en las autoridades sanitarias, los «expertos».

El misterio: la existencia de un virus, el SARS-COV-2, que se vende como altamente contagioso y mortal y que, ante cualquier síntoma o incluso sin síntoma alguno, puede conducir a la UCI o directamente a la caja de pino.

El milagro: la vacuna, que se publicita como la única vía posible, no tanto para vencer al virus que se supone combatir, como para permitir volver a ser «libres», esto es, retornar a la «antigua normalidad».

La autoridad viene representada por los «expertos», esto es, por los virólogos, epidemiólogos, biólogos, etc., afectos al régimen y que, en nombre de una supuesta «ciencia», es decir, de un conocimiento científico que escapa a la comprensión de la gran mayoría, exigen, apoyan y, lo que es todavía más grave, justifican toda una serie de medidas aparentemente sanitarias, pero de corte realmente totalitario, que tienen como finalidad no curar, sino despojar al individuo de sus derechos fundamentales. En nombre de la «ciencia» y de «la salud pública» se exige obediencia ciega y fe. El nuevo rebaño formado y conformado a través del miedo a una supuesta crisis sanitaria («pandemia») debe seguir sumisamente el «criterio» del sanitario mediático, es decir, del títere de las empresas farmacéuticas.

Esta actitud sumisa, esta entrega voluntaria de la libertad se justifica por el misterio de un virus terriblemente mortal y la consecuente ansia de no perder la vida por parte del «pueblo sumiso y acostumbrado a obedecer temblando» (pág. 404). La incesante propaganda mediática y la correspondiente presión social conduce a un fortalecimiento de este miedo al contagio, que es identificado con la muerte irremediable y al acatamiento incondicional a todo tipo de medidas «preventivas» que el gobierno, ya sea central, autonómico o local establezca: es igual que se cercene su libertad de movimiento (confinamientos, toques de queda), su libertad de expresión (todo tipo de resistencia o de disidencia se condena inexorablemente y se anatemiza con el término «negacionista», cuando no se le encarcela), su libertad de respirar y su derecho a la imagen (mascarillas, guantes, gel hidroalcohólico), en definitiva, que se suprima todo lo que hace que un ser humano pueda ser considerado como tal, si tiene como finalidad el «bien común», la «salud», la «solidaridad», que ha de evitar morir en una UCI (ignorando o no prestando atención al hecho de que una parte considerable de los supuestos fallecidos por COVID no pisaron jamás un hospital).

Establecidas la «autoridad» y el «misterio», el paso siguiente es la proclamación del milagro, esto es, de la vacuna. En efecto, la única vía para poder recuperar todos los derechos violados y suprimidos es la vacunación masiva de la población, es decir, «con cierta promesa de libertad que los hombres, por su simplicidad y su depravada naturaleza, no pueden ni siquiera concebir, temen y les da miedo» (pág. 407). Si bien no se ha establecido en un primer momento como obligatoria, no sorprende constatar, en esta sociedad fundada en una autoridad supuestamente sanitaria y el misterio de un virus terriblemente moral, que poco a poco vaya obteniendo este estatus. No porque lo exija directamente el poder, sino por la presión social: la masa atemorizada, desde su profunda irracionalidad, fanatismo e inquietante infantilismo fomentado desde las escuelas y los medios, es la que está exigiendo la inoculación universal indiscriminada y forzosa incluso de niños. Que se trate de un supuesto tratamiento, cuya aprobación administrativa ha sido de emergencia, puesto que todavía está en fase de experimentación; que no garantice inmunidad alguna contra ningún virus; que esté cargado con innumerables efectos secundarios graves y muy graves; que esté causando una destrucción de por vida del sistema inmunológico y, por ende, facilitando la aparición de toda una serie de patologías que, en peligro, superan a las que en teoría desencadena este aparente virus SARS-COV-2 o que incluso provoque la muerte,6 es completamente irrelevante para el 99% de la población. A la masa ignara, atemorizada con el miedo a la muerte a causa de un virus que tiene una letalidad de apenas el 2%, lo que le interesa es sentirse protegida, obedecer ciegamente e inclinarse ante unas autoridades, ante unos «expertos» fantasmagóricos que le han repetido hasta la saciedad que vacuna = inmunización, que vacuna = libertad, que vacuna = vida y que todo aquel que disiente debe ser eliminado (por el momento) socialmente y con el paso del tiempo quizás incluso físicamente. Pues, como afirma el Gran Inquisidor, «la tribulación de estas lamentables criaturas no estriba sólo en buscar aquello ante lo cual yo u otro nos inclinemos, sino en buscar una cosa en la que crean todos y ante la que todos se inclinen, todos juntos, sin falta. Esta necesidad de comunión en el inclinarse constituye el tormento principal de cada individuo, así como la humanidad en su conjunto desde el comienzo de los siglos. En nombre de este inclinarse colectivo los hombres se han aniquilado entre sí con la espada» (págs. 409-410).

El presente que vivimos no es mucho más halagüeño que la sociedad subyugada al poder del Gran Inquisidor. Mientras que Dostoievski pretendía con este poema denunciar los peligros de las ideologías progresistas del siglo XIX, lo que se observa en el siglo XXI es el establecimiento de una dictadura sanitaria a nivel planetario con graves consecuencias para la salud física y mental del ser humano. Los elevados números de efectos secundarios de las erróneamente denominadas vacunas y las muertes provocadas por ellas van estrechamente ligados a los cada vez más alarmantes desórdenes mentales de una población sometida constantemente a la propaganda del miedo y que tiene en muchas ocasiones como resultado el suicidio, en aumento espectacular desde marzo del 2020. Si, en definitiva, algo nos tiene que enseñar Dostoievski y su poema «El Gran Inquisidor» es la importancia de mantener y defender la libertad y de actuar en consecuencia con unos principios y valores humanistas. Un pueblo que delega atemorizado su libertad en nombre de una seguridad ilusoria sólo puede acabar con la destrucción de la dignidad humana y el establecimiento de una sociedad que hará deseable cualesquiera de las peores distopías concebidas a lo largo del siglo XX.

Jordi Morillas


1 Véase su libro de anotaciones publicado posteriormente con el título de Die Kunst, alt zu werden oder Senilia, §310: «Daß in Kurzem die Würmer meinen Leib zernagen werden, ist ein Gedanke, den ich ertragen kann, – aber die Philosophie-Profeßoren meine Philosophie! – dabei schaudert’s mich» (Que en breve los gusanos devorarán mi cuerpo, es un pensamiento que puedo soportar, ¡pero que devoren mi filosofía los profesores de filosofía! Eso me estremece).

2 Dejar vía libre a la invención y dar salida a la primera ocurrencia que a uno se le pueda pasar por la cabeza es siempre más cómodo que informarse de lo que realmente está sucediendo. El lector realmente interesado en dónde nos encontramos y a dónde vamos haría bien en consultar las palabras de los guionistas, es decir, de los que están confeccionando y dirigiendo toda esta historia: Klaus Schwab, Thierry Malleret: Covid-19: El Gran Reinicio. Forum Publishing, 2020.

3 La mayoría de las traducciones españolas interpretan la palabra язва como «epidemia», «azote» o «peste», desvirtuando con ello el sentido del término ruso y facilitando, por ende, la propagación de todo tipo de fantasías por parte de los que no leen la novela en original.

4 Con el fin de no publicitar la mediocridad, nos ahorramos la citación de autores y obras. El lector interesado sólo tiene que realizar una búsqueda en Google y los hallará con extrema y preocupante facilidad.

5 Fiódor M. Dostoievski: Los hermanos Karamázov. Edición de Natalia Ujánova. Traducción de Augusto Vidal. Editorial Cátedra, Madrid, 1996. Todas las citaciones se harán a partir de esta edición.

6 A fecha de 14 de agosto de 2021 hay oficialmente reportados 21.776 muertos por reacciones adversas de las vacunas en Europa.


Una respuesta a “Dostoievski y el COVID19

  1. Y la historia se repite ,una y otra vez. LLevo comentando a mis allegados hace unos años ,que el ser humano no piensa por si mismo y encima les gusta .Si mañana dicen que los negros contagian mas que los blancos ,te aseguro que un alto porcentaje se lo cree.
    LA GENTE teme lo que no conoce,pero tampoco le interesa ó investiga ni es curioso para investigar.¿Por que le teme?

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