Yo no soy científico, pero tampoco gilipollas

Un buen conocedor del periodismo del siglo XX, el español José Pla, se lamentaba en 1976 de que la profesión se había convertido en una fábrica de crear mentiras. Así, a diferencia de lo que sucedía a principios de siglo, cuando lo que importaba era narrar lo que realmente sucedía, ahora uno no se puede creer alegremente lo que lee en un periódico o escucha por la radio, puesto que corre el peligro de ser engañado. De esta manera, el autor de Homenots denunciaba hace casi 50 años lo que hoy se conoce gracias a Donald Trump como «fake news».

La verdad de este juicio de Pla se ha visto confirmada en lo ocurrido desde marzo del 2020 hasta el presente, junio del 2021. En efecto, si apenas hace dos años la lectura de un diario era un deporte de riesgo que ponía a prueba la resistencia del estómago a todo tipo de úlceras, lo que se está viviendo durante esta supuesta «pandemia» ha superado todos los límites imaginables. El circo montado en torno a un supuesto virus que se ha dedicado a matar curiosamente al mismo grupo de población que la «desaparecida» gripe sería sin duda alguna en un futuro objeto de estudio pormenorizado si todo este espectáculo fuera un intermezzo y no una situación que ha sido muy bien planeada y organizada para conseguir unos fines muy determinados, como Klaus Schwab, en comunión con Thierry Malleret se ha encargado de poner por escrito en su obra COVID-19: The Great Reset.

El pilar sobre el que se cimenta toda esta supuesta «pandemia» lo estableció a finales de enero del 2020, es decir, dos meses antes de que la OMS proclamase la existencia de una «pandemia de coronavirus», el virólogo alemán Christian Drosten. En efecto, en un artículo que envió el 21 de enero a su propia revista Eurosurveillance, que fue aceptado al día siguiente y publicado 24 horas más tarde, se habla ya de un nuevo virus que, a pesar de reconocer explícitamente que no está aislado y que ellos no lo poseen, lo bautizan como 2019-nCoV (todavía no tenía el nombre comercial de SARS-COV-2). Asimismo, a partir de todas unas muestras de otros virus «semejantes» y de combinaciones varias por ordenador, se sacan literalmente de la manga un método de «detección en tiempo real» eficaz para un virus que –repetimos– reconocen que no está ni aislado ni disponen: la prueba RT-PCR.

De esta forma, Drosten impone la PCR, «esta robusta tecnología para establecer nuevos test de diagnóstico», después de haber afirmado él mismo en el texto donde relataba el «descubrimiento» del primer SARS en el 2003 que «desde un punto de vista del diagnóstico, es importante señalar que los hisopos nasales y faríngeos parecen menos adecuados para el diagnóstico, ya que estos materiales contienen considerablemente menos ARN viral que el esputo y el virus podría escapar a la detección si sólo se analizan estos materiales».

Y a pesar de estas declaraciones del propio Drosten, de las advertencias del inventor de la prueba, el químico estadounidense y Premio Nobel Kary Mullis, quien sostuvo que una PCR no se debe utilizar jamás como método de diagnóstico y de que en las propias instrucciones de uso de la PCR se afirme bien claramente «que no es adecuada para uso de diagnóstico», pues «el resultado de la detección de este producto es sólo para referencia clínica y no se debería usar como la única prueba (evidence) para el diagnóstico y el tratamiento clínico», la prueba PCR se ha impuesto como elemento esencial en esta «pandemia» gracias a Christian Drosten, el mayor fraude intelectual de principios del siglo XXI.

En efecto, se ha denunciado con pruebas fehacientes que Drosten falsificó su doctorado y que su artículo de enero de 2020 está plagado de errores metodológicos y de escandalosas irregularidades, de lo cual da fe ya la primera página, donde se puede leer la sorprendente fecha de «20 de enero de 2019», cuando debería ser naturalmente «20 de enero de 2020». Lo que podría parecer una errata «sin importancia», indica, sin embargo, que este texto no ha sido leído ni revisado por nadie antes de su publicación. E insistimos: esto está en la primera página.

Y no obstante éstas y otras denuncias contra su desfachatez intelectual y el fraude científico que representa Christian Drosten, los medios no sólo alemanes, sino también españoles no cesan de deshacerse en elogios a su persona. Así, por ejemplo, el diario digital, El Huffington Post, titulaba hace poco de manera entusiasta: «El gran virólogo alemán dice que no habrá inmunidad de grupo: avisa de qué le pasará a quien no se vacune».

Herederos sin duda alguna de ese otro intelectual cuestionable en diversos aspectos como fue José Ortega y Gasset en la adoración ciega a todo lo que proceda de Alemania, este diario se hacía eco de una entrevista realizada el día 5 de junio del 2021 a Drosten por parte del digital suizo Republik, destacando, sin embargo, las palabras menos relevantes de su discurso.

A diferencia de lo que sostenía Platón, quien defendía la tesis de que la escritura era algo inerte, que no transmitía ningún sentimiento, que era palabra muerta que no se podía defender, aquí se ha de admitir que incluso en negro sobre blanco se puede notar con claridad la prepotencia, el desprecio y la burla que este fraude científico expresa cuando hace declaraciones a la prensa o en sus sermones semanales en los medios alemanes, donde bajo supuestas «evidencias» científicas justifica las medidas autoritarias del régimen de Ángela Merkel.

Ya en las primeras líneas redactadas por los entrevistadores se puede observar por dónde irá la conversación con Drosten:

Tras más de un año de pandemia, parece que el final está a la vista, al menos en Europa: cada vez hay más personas vacunadas o inmunes y el número de casos está disminuyendo. ¿Cómo ve esta pandemia el hombre que desempeñó un papel decisivo en el descubrimiento del primer virus Sars en 2003?

A continuación, viene la relación de los pasos que tuvieron que seguir para poder entrar al edificio donde se encontraba Drosten esperándolos. Las primeras palabras que, según los entrevistadores, éste les dirigió fueron: «se pueden quitar las mascarillas, tengo las dos dosis de la vacuna puestas».

Ignoramos si esta escenificación es cosecha propia de los entrevistadores, vino sugerida por Drosten o es una mezcla de las dos, pero no se ha iniciado la entrevista y el lector ya se encuentra con la primera burla: Drosten es inmune, no puede contagiar ni verse contagiado por los periodistas, puesto que tiene las dos dosis de una vacuna que no se menciona, pero que probablemente sea la de Pfizer / BioNTech, la farmacéutica germana dirigida por el turco Uğur Şahin.

El hecho de que haya personas que se hayan vacunado con las dos dosis de Pfizer/BioNTech y no sólo se hayan contagiado, sino también hayan contagiado a terceros o que muchos de estos vacunados hayan padecido graves efectos secundarios, habiendo incluso fallecido al poco de recibir la supuesta «inmunización» parece no importarle al «gran virólogo alemán», quien, sin embargo, en sus apariciones públicas no se olvida de llevar siempre la mascarilla puesta.

Con el fin de mostrar cómo Drosten es un «experto» en coronavirus, los periodistas le invitan a contar sus aventuras con el «descubrimiento» del Sars en 2003 y del MERS en 2012 en Oriente Medio. Allí, observa el fraude alemán, ya se puso de manifiesto la transmisión de virus de animales a hombres, siendo en esta ocasión el animal escogido el camello. Con el fin de no exterminar a todos los camellos y acabar así con la fuente del virus, Drosten sostiene que se los vacunó a todos, puesto que en Oriente Medio los camellos son animales muy útiles.

De aquí se extrae ya la primera lección de la entrevista: si los camellos se vacunaron y «se inmunizaron», ¿por qué no han de hacer lo mismo los seres humanos?

Después de toda una serie de elucubraciones sobre el SARS-COV-2, que Drosten no ve posible que sea un virus de laboratorio, sostiene sobre su posible origen y el hecho de que pudiera haberse escapado o liberado del Instituto de Wuhan:

Esta idea de un accidente de investigación me parece decididamente improbable, porque sería demasiado engorrosa. La idea de un uso malintencionado de algún laboratorio de un servicio secreto en algún lugar: si así fuera, no creo que tal cosa surgiera del Instituto de Virología de Wuhan. Es un instituto académico serio.

Segunda lección: no se puede culpabilizar a los chinos de un escape voluntario o involuntario de un laboratorio científico, puesto que el instituto de Wuhan es una institución académica sería. No hace falta haber estado ni en China, ni en el Instituto de Virología de Wuhan para hacerse una idea del cinismo de estas palabras.

Pero las declaraciones burlonas de este fraude académico no se acaban aquí. A la pregunta de qué es lo que considera entonces el origen más plausible del virus, Drosten sostiene que se debe a «la cría de carnívoros y a la industria peletera». Así, según él, una serie de animales salvajes podrían haber devorado a un murciélago y contagiado posteriormente a los hombres gracias a la industria de la piel (sic!).

A la pregunta de cómo es posible este tipo de contagio, el fraude alemán contesta que «no le puede contestar», pero que en televisión se pueden observar cómo trabajan las granjas de pieles con «capturas salvajes», que es por donde se introducen los virus y pasan posteriormente a los humanos. En todo caso, lo que habría que hacer es «ir allí [a China] y hacer hisopos y PCRs» al «ganado de cría»:

Se tendría que realizar un muestreo aleatorio en todo el país. No sé si los científicos chinos lo están haciendo. No puedo descartarlo. No sé si la semana que viene saldrá un estudio que aclare esto. Podría ser cualquier cosa. Lo único que puedo decirles es que no tengo ninguna información al respecto.

Tercera lección: la cría de «carnívoros» y la industria peletera es culpable de los primeros contagios del supuesto SARS-COV2. Y la única solución para saber cómo está la situación «real» es hacer pruebas PCR, es decir, utilizar el método por él indicado y con el cual se está enriqueciendo.

Pero esto no es todo. Después de sollozar por el hecho de que la comisión de la OMS que fue enviada a China a «investigar» el origen del virus «no se dirigió a él» como «experto», sostiene que el principio de todo el mal se halla en el hecho de que los hombres viajan cada vez más y en el consumo de carne:

Los viajes favorecen que una epidemia local se convierta en una pandemia. En el origen, en la transición de los animales a los seres humanos, los humanos utilizamos cada vez más tierra en zonas de animales salvajes e intensificamos la ganadería. Es el hambre de carne de la creciente humanidad. Cuanto más densas y grandes sean las poblaciones de animales, más posibilidades hay de que un virus, una vez introducido en la población, explote, mutando como el Sars-2. Cuanto más ricos se vuelven los humanos, más utilizan a los animales. Mers es un buen ejemplo de ello. […] El uso de animales no existe en la naturaleza. Ninguna especie animal utiliza a otra especie animal de esta manera.

Cuarta lección: hay que limitar, cuando no simplemente prohibir los viajes, esto es, el turismo y se ha de reducir, cuando no eliminar por completo el consumo de carne, ambos factores, grandes culpables de la transmisión de virus de animales a personas y de la actual «pandemia».

A pesar de todo ello, la entrevista no podía concluir sin tratar tres cuestiones importantes en todo este asunto: la crítica a los que no piensan como él, la vacunación de los niños y la justificación de las medidas autoritarias del régimen de Merkel.

Interrogado por sus apariciones en los medios, Drosten lamenta que, junto con representantes de la ciencia oficial, también se le dé voz en las televisiones o periódicos a «dos científicos que defienden una tesis contraria». Esto es peligroso, sostiene Drosten, tanto para la ciencia como para la política, pues «en los medios de comunicación se pone a uno de estos cien [científicos que representan a la versión oficial] frente a uno de estos dos [que difieren]. Y entonces parece que es un 50:50, un conflicto de opiniones. Y entonces pasa lo que es propiamente el problema, es decir, que la política dice: “Ah, bueno, entonces la verdad estará en el medio”. Es decir, este falso compromiso en el medio […] lleva a una solución a medias. Y esto no lo perdona este virus».

Quinta lección: se puede decir más alto, pero no más claro: Drosten está abogando por la censura de los disidentes, de los que difieren de la opinión de la versión oficial de la «pandemia», negando cualquier tipo de representación y validez de esa «minoría» que discrepa. Drosten se presenta, pues, como el «gran inquisidor» de la ciencia contemporánea, quien no titubearía en condenar a muerte a Copérnico, a Galileo o a Kepler y que, sin duda, disfrutaría viendo arder en las llamas a ese disidente y «negacionista» llamado Giordano Bruno.

Por lo que se refiere a la vacunación de los niños, Drosten afirma rotundamente que hay que vacunarlos, pues «es poco probable que en algún momento se ponga de manifiesto de repente que la vacunación es peligrosa para los niños y que existe un riesgo no detectado después de todo lo que se sabe hoy en día». Y concluye:

Alrededor del cuatro y medio por ciento de los niños infectados siguen teniendo síntomas después de un mes, como pérdida del olfato, pérdida del gusto, fatiga permanente. ¿Es eso lo que quieres para tu hijo? Un 4% no son pocos. Por otro lado, el llamado síndrome inflamatorio multisistémico, que se da en uno de cada dos mil niños: una enfermedad grave que puede durar hasta seis meses. Desde el punto de vista de un padre, mi hijo estaría vacunado. Esto algo completamente claro. No quiero este riesgo.

Sexta lección: vacunación masiva de los niños porque, según un estudio científico que Drosten no cita, alrededor de un 4,5% de los niños infectados tienen síntomas con posterioridad. El hecho de que la propia FDA norteamericana informe de un elevado número de efectos secundarios en los ensayos clínicos, que haya colectivos de médicos que hayan puesto el grito en el cielo y que incluso Peter Doshi (profesor asociado de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Maryland y editor senior de The British Medical Journal), quien ya puso en duda el tan cacareado 95% de eficiencia de las vacunas de Pfizer y Moderna, haya afirmado hace poco que no hay necesidad alguna de vacunar a los niños, pues, entre otros motivos, los riesgos superan a los beneficios es completamente indiferente para «el gran virólogo alemán» y su 4,5%.

Por último, Drosten justifica las medidas políticas supuestamente dirigidas a «combatir» el COVID-19:

Lo que aquí discutimos como pandemia es una enfermedad infecciosa que se propaga de tal manera que se ha de intervenir, aunque sea con medidas de confinamiento, porque no se tiene otra cosa. Ahora tenemos algo adicional que reduce la transmisión mucho mejor que las medidas de contacto: la vacunación. Ambos factores, junto con las temperaturas más cálidas, que reducen las transmisiones en alrededor de un 20%, hacen que las cifras desciendan. El truco ahora es no reducir las medidas demasiado rápido, ya que de lo contrario repuntarán exponencialmente. Por el contrario, debemos mantener un cierto sentido de la proporción. Por supuesto, esto debe ser realizado por los políticos, que no actúan sobre una base puramente científica, sino con un cierto compromiso sobre los objetivos. Si las cosas siguen así, con sentido de la proporción y si la pandemia se define de la forma en que acabamos de hacerlo, entonces, sí, la situación habrá terminado.

Séptima lección: una «pandemia» se acaba con encierros de la población, con la vacunación masiva y con las «altas temperaturas». Sin embargo, no hay que bajar la guardia en ningún momento y mantener estas medidas políticas con «objetivos sanitarios». Es decir, el mismo discurso del terror que en España representa la mercenaria bien remunerada del CSIC Margarita del Val.

No hay que ser un estudioso de la medicina, ni muchos menos un virólogo del «nivel» de Christian Drosten para darse cuenta de las peligrosas implicaciones que sus declaraciones, en absoluto «científicas», «médicas» o «sanitarias», tienen para la libertad y la dignidad humanas.

Creerse después de más de un año y medio de supuesta «pandemia» que hay un virus muy contagioso y mortal, cuando la propia OMS y el científico John P.A. Ioannidis rebajan constantemente el índice de mortalidad de la supuesta enfermedad COVID-19 a niveles incluso inferiores a los de la gripe estacional y cuando el propio Drosten en esta entrevista declara abiertamente que el terrible virus acabará siendo una «especie de resfriado» es realmente grave. Como grave es continuar llevando una, cuando no dos o incluso tres mascarillas en espacios abiertos y cerrados, gel hidroalcohólico en el bolso y usar guantes.

En Psicología este severo trastorno mental se describe como TOC (Trastorno obsesivo compulsivo) y en la genuina literatura encuentra el calificativo de Los santos inocentes.

Tales de Mileto decía que la distancia existente entre la verdad y la mentira es la misma que se encuentra entre la vista y el oído. En este sentido, lo que la observación directa de la realidad muestra es la inmensa falsedad y engaño montado en torno a todo este circo de un supuesto virus mortal y la burla constante e insultante de esta nueva casta privilegiada en la que se han convertido los médicos, cómplices, por omisión o colaboración, de la mayor labor de ingeniera social llevada a cabo en toda la historia de la humanidad. Del número de muertos registrados y de los que se producirán todavía en un futuro no muy lejano, no sólo por la vacunación masiva, sino también por las medidas de represión económicas y sociales serán culpables tanto los políticos que las imponen, como principalmente el conjunto de médicos colaboracionistas, representados en Alemania por la estafa científica Christian Drosten y en España por la terrorista bien subvencionada Margarita del Val y por ese siniestro personaje llamado César Carballo.


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