El médico y la Medicina

Si ha habido un arte que ha padecido la burla y el escarnio desde sus inicios, éste ha sido sin duda alguna la Medicina. Surgida de un hombre que no sólo curaba a los vivos, sino que incluso devolvía la vida a los muertos, pronto empezó a ser visto con desconfianza por los hombres. No tanto porque el arte médico en sí dejara de ser eficiente, como por sus «apóstoles», quienes no tardaron en olvidar su misión divina de aliviar el dolor en el mundo y de velar «por la salud de los pacientes» (pág. 42)* en favor de un interés crematístico cada vez menos disimulado.

Junto con esta inclinación pecuniaria se hallaban otros rasgos no menos indignos de un arte que procedía y estaba protegido por los dioses: la arrogancia, la altivez y la fatuidad. Rara es la persona que no haya tenido contacto con un galeno y que no haya experimentado de manera humillante y ofensiva el desprecio nada oculto que una gran parte de éstos tiene hacia sus pacientes. La brevedad de las visitas o el apenas fingido desinterés que el médico muestra por su clientela son hechos que apenas se pueden negar o silenciar, como demuestra, por ejemplo, la anécdota de aquel paciente «que tuvo que sujetar la muñeca al médico porque, sin haber pasado medio minuto en la consulta, ya estaba escribiendo una petición (una analítica, una ecografía o una prueba de aliento), cualquier cosa con el fin de quitárselo de encima cuanto antes» (pág. 12).

¿Actúa bien ese médico? ¿Curará así a sus enfermos? ¿Cumplirá con su juramento hipocrático? La respuesta es un no rotundo. «Muchas veces, la clave del éxito está en lo que la mayor parte de los médicos rehúsa: en revisar lo que el paciente tiene hecho y en escuchar lo que el paciente tiene que contar. Pero es que para eso hace falta una herramienta esencial: tiempo. Las probabilidades de éxito son mayores cuando no perdemos tiempo en emplear terapias, dietas o medicamentos que ya se probaron y no funcionaron. Una vez analizadas las pruebas y escuchado al paciente, debería venir otra fase esencial que también requiere tiempo: la exploración física» (pág. 15).

En efecto, ni tiempo ni dedicación parecen ser las cualidades que distinguen al galeno medio, quien no desaprovecha oportunidad alguna para manifestar de manera inequívoca su altanería frente al enfermo. Así, «los médicos, cuando nos enfrentamos a un paciente que viene con un problema de salud, tenemos delante el reto del diagnóstico, de saber qué le pasa. Conocer el origen del problema supone un interrogante para nosotros, por lo que, ante el relato que nos hace el paciente de lo que le ocurre, tratamos de buscar en nuestra caja del conocimiento un lugar donde encaje más o menos. Y es frecuente que, ante un paciente con un problema que no sabemos reconocer o tratar, le echemos la culpa al paciente o lo achaquemos a problemas psicosomáticos» (págs. 22-23). Pues esto «es más sencillo que reconocer la propia ignorancia o las limitaciones de la ciencia» (pág. 13).

Este acto de modestia que el médico debería mostrar al ejercer su arte responde al hecho de que la Medicina «no es como las matemáticas. Y ni siquiera las matemáticas no son ciencias exactas, como se las llamaba tiempo atrás. Los médicos nos nutrimos de lo que vamos descubriendo y de lo que se comunica en los diferentes congresos, ya que nuestra disciplina está en constante evolución» (pág. 73). De ahí que se hable de una lex artis ad hoc, que es, como sostiene el Dr. Benito, lo que «debe regir las actuaciones médicas y que significa algo así como “hacer las cosas según el estado actual del conocimiento que se tiene de ello”. Y hoy en día no hay nada más efímero que la ciencia médica, que a cada instante está cambiando su manera de hacer las cosas» (págs. 9-10).

El íntimo reconocimiento de lo que en verdad constituye y representa la Medicina debería conducir, por consiguiente, al médico no sólo a la humildad y a la honestidad con su profesión, sino también al cuidado y a la defensa atenta de un arte que «nace» y cuenta con el beneplácito y la protección de los dioses (Juramento hipocrático). De esta manera, el galeno debe acatar religiosamente su misión de redención del dolor en el mundo y velar por la salud de sus pacientes y no por la de su bolsillo; debe elevar con decisión y firmeza su voz contra las intromisiones de terceras partes interesadas en su campo y reivindicar sin complejos su derecho inalienable, absoluto y único a practicar el arte de Asclepio, así como sobre todo debe honrar su juramento hipocrático, donde se especifica claramente que «no daré a nadie medicamento mortal, aunque me lo solicite, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo. Asimismo, no daré abortivo a ninguna mujer. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura».

Actualidad

La monografía del Dr. Benito Manual sobre el gluten y la celiaquía contiene toda una serie de afirmaciones que, leídas hoy, principios de 2021, un año después de que la Organización Mundial de la Salud proclamase la existencia de una «pandemia» de Covid19, ocasionada por un virus bautizado como SARS-COV2, cobran todo su sentido. De hecho, los textos que citamos a continuación son, sustituyendo una o dos palabras, completamente vigentes e incluso proféticos. Son, sin duda, el resultado de unas reflexiones médicas realizadas de manera honesta y libre antes de la implantación a nivel planetario de la dictadura y consecuente censura del Covid19.

[1]

Entre las hipótesis que circulan sobre la cada vez mayor presencia de enfermedades autoinmunes hay una que apunta a un exceso de higiene. Algunos han observado que en los países en vías de desarrollo apenas se dan enfermedades autoinmunes y que estas son más propias de los países desarrollados. La teoría es que el sistema inmunológico está tan ocupado manteniendo a raya a las enfermedades infecciosas, que no tiene tiempo de fijarse en tonterías: ataca lo que de manera impepinable necesita ser atacado porque es un problema serio para el organismo, un verdadero enemigo. En cambio, en los países desarrollados, donde existen vacunas y se toman antibióticos al mínimo indicio de infección, se le ha quitado trabajo al sistema inmunológico, y este se entretiene en cuestiones menores, pecando de excesivo celo en sus funciones represoras. Quizá, en parte, de aquí derive toda esa epidemia de alergias, atopias cutáneas, intolerancias alimentarias y demás males que atiborran las consultas y alarman a la sociedad con el convencimiento de que antes no había tantos problemas con estas cosas (pág. 49).

[2]

Cuando en la consulta vemos un paciente cuyos síntomas nos evocan una celiaquía, corremos dos riesgos en cuanto a nuestro quehacer: que la persona sea realmente celíaca y se vaya de la consulta sin que se lo hayamos diagnosticado, o que la persona no sea celíaca y le digamos que lo es. Evidentemente, ambos son errores, pero, puestos a optar o cometer uno de los dos, yo creo que ante un diagnóstico de celiaquía hay que tener más datos que la mera presunción de que puede serlo. Si pensamos en las consecuencias de ambos errores, es cierto que un paciente celíaco que se nos escapa sin que lo hayamos diagnosticado podrá seguir con más o menos molestias, y volverá a nuestra consulta o a la de otro colega que acertará con el diagnóstico. Habrá habido un retraso diagnóstico y acaso una prolongación en el tiempo de unas molestias, pero la experiencia dice que normalmente no se producen complicaciones irreparables.

Por el contrario, hacer diagnósticos positivos de celiaquía a la ligera conllevará un cambio importante en la actitud alimentaria y en la vida del paciente, un cambio que puede tener consecuencias importantes, en coste y en limitaciones. El afán por descubrir lo que está bajo la punta del iceberg, esa población de celíacos que no saben que lo son, no debe llevarnos a los especialistas a prescribir dietas sin gluten de por vida a toda persona con diarrea o con migrañas (págs. 156-157).

[3]

Desde el punto de vista médico, si algo tiene que quedar claro después de leer esta monografía, es que nadie debe ponerse a hacer una dieta sin gluten por su cuenta si el médico no le ha dicho antes que debe hacerlo. Aparte de ser cara y a menudo innecesaria, llevar una dieta exenta de gluten impide realizar las pruebas diagnósticas encaminadas a saber cómo le sienta el gluten al intestino, porque el paciente no lo está tomando (pág. 154).

[4]

Es cierto que el gluten no es esencial para la vida humana, pero de ahí a demonizar su existencia hay un trecho, y no parece lógico hacerlo. No obstante, desde el punto de vista de la industria alimentaria es estratégicamente rentable generar una fobia social frente al gluten y empezar a producir “alimentos sin gluten” por doquier. Sobre todo haciendo ver a los que son sensibles al gluten lo bien que se sienten cuando consumen sus productos y lo mal que están cuando no los consumen. Se trata, en principio, de crear una asociación entre salud y productos sin gluten que no es real para el común de la sociedad, y que puede tener algún sentido para ese 6-8% de la población que presenta problemas con el gluten (págs. 27-28).

[5]

En definitiva, en la penumbra que rodea a cualquier cuestión médica siempre encontraremos una afluencia de intereses económicos de diversa índole. Habiendo comercio por medio, siempre se hará hincapié en hablar de los alimentos elaborados sin gluten que de aquellos que de manera natural no lo incluyen en su composición (pág. 158).

Jordi Morillas


* Todas las citaciones proceden de la obra del Dr. Luis Miguel Benito de Benito: Manual sobre el gluten y la celiaquía. RBA Libros, Barcelona, 2019.


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